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  "textContent": "### Capítulo 13\n\nDomingo, 17 de Julio 2011. _Ocho de la noche._\n\n—Este día estuvo de la chingada —dijo Martín, muy agotado.\n\n—Sí, fue muy triste ver a tantas personas atropelladas. Sobre todo al niñito y su madre —respondió Gerardo, realmente consternado.\n\nEse domingo terminaron de trabajar muy tarde atendiendo a las víctimas del carro que se volcó sobre la gente que caminaba por la banqueta. Pasaron a comprar tamales y atole con un señor que los vendía en un triciclo amarillo. Ya vestían ropa de civil y caminaron hacia la plaza para sentarse a comer.\n\nHabían creado una especie de pacto silencioso: no volver a hablar de Jensen. Pero ese momento de intimidad en la plaza casi vacía se los permitió.\n\n—Algo que no comprendo es… —titubeó Martín—. Si ese wey, el tal Jensen, es tan importante como dices, ¿por qué anda vendiendo marihuana? ¿También vende otras drogas?\n\n—Las apariencias engañan. No, no vende otras drogas. Solo marihuana.\n\n—¡Oh! Ese wey es de los míos. Yo solo fumo marihuana. Las pastillas luego te hacen cagar sangre.\n\n—Él no fuma. No es pendejo. Ni toma, ni anda con mujeres, ni nada. Solo tiene a su madre y a su amigo: el panzón de nalgas planas que se llevó la otra vez.\n\n—¡Mta! Gracias por lo de pendejo —dijo Martín, rascándose la cabeza.\n\nGerardo se rio mientras preparaba otra cucharada de tamal de mole. Su vaso de unicel con chocolate champurrado descansaba sobre el concreto de la jardinera. Era agradable poder relajarse con el suave mecer de las ramas de los árboles, con la tranquilidad de ese ambiente.\n\n—Entonces su mamá ha de ser muy influyente.\n\nGerardo casi escupe el tamal de la risa.\n\n—¡No! Nada que ver. Es una adicta a todo. Siempre lo ha sido. Al menos desde que la conozco. Hace como veinte años. Muy seguido la encerrábamos por hacer sus desmadres.\n\n—Entonces, ¿qué tiene de especial?\n\nGerardo se puso serio, pensativo. Regresó la cuchara llena al plato.\n\n—Hay tres motivos por los que no te lo digo. Uno, porque no lo creerías. Dos, porque si la información se esparciera, sería un gran escándalo. Tres, porque es muy peligroso. Y uno más: no importa lo que sepamos o hagamos, nada cambiará la realidad. Todo seguirá igual.\n\n—Te prometo que no diré ni haré nada. Actuaré como si no me lo hubieras dicho. Pero de verdad quisiera saber por qué desaparecieron a mi padre —dijo con pesar.\n\nSe terminaron los tamales y los atoles en silencio.\n\n—Vamos —dijo Gerardo, dando una última mirada a la plaza.\n\nSe subieron al coche de Gerardo y se dirigieron a una zona despoblada. La noche estaba muy tranquila, como si la naturaleza se hubiera apiadado de ellos.\n\n—Años antes de conocer a tu padre, nos llamaron para investigar un asesinato en la sierra. Fuimos en equipo y al llegar a una cabaña abandonada encontramos los restos. Habían estado ahí mucho tiempo. Los investigadores afirmaron que se trataba de un hombre y un animal, muy probablemente un jaguar. Para nosotros era un misterio. Parecía que ambos se habían matado al mismo tiempo, porque los restos estaban entrelazados.\n\n—Pero, ¿cómo pudo el hombre matar al jaguar?\n\n—Había una daga grande. Nadie pudo encontrar pistas de lo sucedido. Hasta que, después de un tiempo, me llamaron para atender uno de los desmadres de Susana. Se había emborrachado y causado disturbios públicos. La subí a la patrulla y ella comenzó a dormitar. De repente le dio como un ataque de ansiedad y gritaba que no le quitaran a su bebé. Se puso muy mal, así que detuve la patrulla y fui a revisarla para tranquilizarla. Por un momento sus ojos adquirieron lucidez y me dijo que le querían quitar a su bebé, que lo bañaron con la sangre del hombre y del jaguar. Yo me quedé helado, pero no dije nada. Ella siguió gritando que le querían quitar a su bebé, que se lo dieran. Le pregunté quiénes se lo querían quitar y me respondió: _los hombrecillos cabezones y una mujer_. La abracé, la sentí temblar y le dije que le creía. Sus ojos se abrieron. Por un momento cubrió su boca con la mano, como queriendo ahogar un grito. Me preguntó si de verdad le creía. Le confirmé. Luego agarró mi mano, la apretó muy fuerte y me susurró: _“Y al nacer, Jensen no lloró. Los bebés lloran, pero él solo miraba fijamente a la mujer. Como si la conociera”_.\n\nA partir de esa ocasión nos hicimos amigos. De ella aprendí que no debía involucrarme mucho. Solo guardar cierta distancia y hacerme de la vista gorda.\n\n—Pero su hijo… ¿es el mismo wey? ¿Cómo se llama?\n\n—Jensen. No se lo quitaron, pero ella me dijo que los abducían frecuentemente. Decía que por eso se hizo alcohólica y adicta: para que la dejaran en paz. Una adicta no les era útil. Las abducciones disminuyeron.\n\n—¿Y eso cómo se relaciona con mi padre? —Había tristeza en su voz.\n\n—Habían rumores antiguos de que el hombre que vivía en esa cabaña era un nahual, y lo relacionaban con una serie de asesinatos, pero nunca hubo pruebas. Sin embargo, los asesinatos se terminaron después de que él murió. Pero hace poco comenzaron a aparecer cuerpos otra vez, uno por año. Lo raro es que a las víctimas siempre les falta una uña de alguna mano. Todo es exactamente igual que antes. Tu padre y yo ya trabajábamos juntos. Él empezó a buscar patrones de conducta y se estaba acercando al asesino. Pero un día, simplemente desapareció.\n\n—¿Y quiénes eran los hombrecillos cabezones y la mujer?\n\nEl teléfono celular de Gerardo comenzó a sonar. Extrañado, lo abrió. Al otro lado se escuchaban fuertes gritos.\n\n—¡Papá! ¡Ven rápido a casa! ¡Una borracha nos está reclamando! ¡Dice que le demos su dinero…! ¡Está apuñalando a mamá!\n\nGerardo reconoció entre los gritos de fondo la voz ronca de Susana.",
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