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Caldos de Ofenón. Capítulo 1: Donde se recibe una llamada

fictograma [Unofficial] March 16, 2026
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Leynad, descubridor de planetas y dueño de la empresa más poderosa del universo, viaja de vacaciones con Skyvy, una nueva amiga que está empezando a ser más que eso. Tiene por delante las vacaciones soñadas…

El problema es que su socio Tote acaba de llamar con un encargo.

Caldos de Ofenón es una novela de ciencia ficción ligera con mucho humor, personajes humanos, y una aventura que pasa por un anillo planetario, una sopa psicoactiva, un secuestro y un partido de calcio spaziale.

Capítulo 1. Donde se recibe una llamada

Leynad dormía boca abajo, con el cuerpo en forma de “J” extraña, media cara sobre la almohada, la boca semiabierta y un hilillo de baba resbalando desde la comisura de los labios que estaba empezando a empapar la sábana.

Un pitido estridente sonó dos veces seguidas y una suave pero imperativa voz femenina pareció provenir de todas las partes de la habitación. La nave, avisaba.

—Llamada preferente entrante. Llamada preferente entrante…

Los dos pitidos sonaron de nuevo, fuertes y chirriantes, y Leynad no tuvo más remedio que abrir medio ojo y activar una oreja y seis neuronas, lo justo para empezar a entender tímidamente lo que estaba pasando. No tuvo mucho tiempo, pues de pronto, una grave voz masculina y desgarrada berreó desde todos los sitios:

—¡Ley! ¡¡Leeeeeey!! ¡¡Despierta, cacho perro!!

Ahora sí, Leynad no tuvo más remedio que terminar de despertarse y contestar, mientras se daba media vuelta en el mullido colchón de espuma antigrav y se agarraba la cabeza con ambas manos.

—Hey… Tote… ¿Qué pasa, tío? —Bostezó como un hipopótamo y se obligó a mantener los ojos con un hilo de apertura.

—¡Maldito hijo de una hiena y un tritón! ¿Dónde andas, pelón?

—¡Bah! Yo que coño sé, Tote… ¿Cómo quieres que lo sepa? Estoy de vacaciones, lo sabes de sobra.

—La gente suele saber dónde va de vacaciones, sin acritud —dijo Tote, con acritud.

—Sé adónde voy. Pero no he llegado. No sé por dónde estoy ahora mismo, en este preciso instante —ahora ya estaba completamente despierto, le desquiciaban las indirectas de Tote—. Me quedan varios días para llegar. Voy en viaje de placer, Tote, llevo la nave en automático completo. ¿Para qué quieres saber dónde estoy? Sabes de sobra que me iba a la Tierra.

—Lo sé, lo sé. A visitar a tu familia… AHA HA HA —soltó su carcajada característica, marca de la casa—. Tú y yo sabemos que vas a la Tierra a mandarte unas fiestas de aúpa, mi Ley.

—Pues sí, eso pienso hacer, Tote. Y de paso, visitar a mi familia. ¿A ti qué te importa? Por cierto… deberías llamarme “melenas”. Pelón se le dice a los que están calvos, como tú. ¿Me vas a contar para qué me llamas? —respondió Ley, con una mezcla de humor y desprecio.

—Para saber dónde estás. Ya te lo he dicho antes, memoria de pez. ¿Eso sí que se dice así, sabiondo? —contestó Tote de vuelta, con sarna— ¡Bah! Debería colgarte y llamar a otro…

—¡Adelante! Ya te he dicho que estoy de vacaciones. Cuelgo…

—¡Espera, berzotas! ¡Vamos! No te cuesta nada, hombre. Necesito que vayas a un sitio y te pilla de paso. Bueno… depende de dónde estés. Por eso preguntaba. ¡Impaciente!

—¿A un sitio? ¿Qué sitio?

—Sólo es ir a un planeta a recoger una cosa y luego a otro a dejarla. Están en tu ruta hacia la Tierra. La cosa es si ya te los has pasado de largo, o no.

—Dime los nombres y lo miro… —Ley se dio cuenta de que ya se había dejado llevar sin darse cuenta— ¡Pero oye, que estoy de vacaciones!

—Es importante para la empresa, Ley…

—Ya estamos —refunfuñó—. La mitad de la empresa es mía y delego en ti todas mis decisiones administrativas y ejecutivas. Haces lo que te da la gana a cambio de dejarme en paz. Hemos hablado mil veces de ello.

—Sí, hago lo que quiero, y yo mando, y todo lo que quieras. Pero también tengo toda la responsabilidad, Ley. Y toda la presión encima de un universo que no sabe cómo expandirse…

—¡Venga ya! No te me pongas filosófico, Tote. Lo hemos hablado mil veces y siempre estás de acuerdo. Tú haces lo que te gusta, yo también. Tú diriges, yo descubro planetas. Todos ganamos.

—También hemos hablado más de una vez que ya vas teniendo una edad en la que deberías involucrarte un poco más en los asuntos de la emp…

—¡Tote! —cortó Ley— ¿Tengo que repetir que estoy de vacaciones? Cuando vuelva, te llamo y me sermoneas todo lo que quieras.

—¡Va, no te enfades! Empiezo de nuevo —Tote sonó un poco más calmado—. Necesito que hagas un trabajo para la empresa que requiere la participación de una nave con un piloto honrado, eficiente y trabajador. Sólo cumples lo de que tienes nave, pero eres mi socio, mi ahijado y además te pilla al lado. Puedes estar tranquilo, no es nada ilegal. Bueno, o casi.

—¿¡O casi!? ¡Vete a la mierda, Tote! ¿En qué lio me quieres meter? Y sobre todo… ¿Por qué?

—¡¡Te estoy hablando de un trabajo que es necesario para no perder a un buen cliente!! ¿Quieres escucharme de una vez? —Tote ya volvía a sonar igual de crispante que antes.

—Pues…

—¡¡Pero bueno!! ¿¿¡¡Os vais a callar de una vez!!?? —Una voz femenina irrumpió en la conversación, y esta vez no provenía de las paredes, sino del lado derecho del colchón, concretamente de Skyvy, una preciosa chica de piel morena, pelo negro y ojos claros que Leynad había conocido unos días atrás en el planeta Xu An, donde había parado por casualidad.

—¡Ay, gañán! —Tote rió a gritos mientras Ley se preparaba para la que se le venía encima— ¡Pues si ya hasta las recoges por el camino! ¡Sí que vas bien servido, tú! AHA HA HA HA

—¡Oiga! ¿Pero qué está diciendo? —gritó Skyvy, indignadísima.

—¡Tote! ¡Que no, hombre! Que no es… ¡Argh! Mira, tío, creo que estoy cerca de Ofenón. ¿Te vale?

—Me vale, porque ahí es justo donde quiero que vayas —sentenció Tote, sereno y sin gritar.

—Dame veinte minutos y te llamo, ¿vale?

—¿Sólo veinte minutos te va a costar echar un polvo? AHA HA HA HA

—¡Vete a la mierda, Tote! ¡Dalara, corta!

La nave obedeció y cortó la comunicación. El silencio se hizo en la habitación. Skyvy lo rompió.

—¿Quién era ese cerdo? ¡Me cago en todo! ¡Me habéis desvelado entre los dos! —si no hubiera sido por el ojo medio pegado por las legañas y los pelos de bruja resacosa que llevaba, su semblante habría provocado miedo.

—Lo siento, Skyvy —Leynad trató de apaciguar—. Es mi socio, no se lo tengas en cuenta. No es tan imbécil como parece. Tiene buen corazón, pero es un poco bruto, sobre todo con las mujeres. Pero por dentro no es así. Si hablas cinco minutos con él, seguro que lo acabas queriendo…

—Lo dudo. Es desagradable.

—En seguida se da cuenta y deja de serlo, créeme. Es su forma de ser, se protege siendo el que más fuerte habla, el que más barbaridades dice, el que más bromea…

Leynad vio como a ella le cambiaba de pronto la cara y se le ponía una sonrisa picante.

—¿Bromea más que tú? No me lo creo.

—Er… bueno, es que me ha pillado dormido.

—Ven aquí que te despierte.

Y echaron un polvo, que les costó menos de veinte minutos.

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