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El Diario

fictograma [Unofficial] March 10, 2026
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Víctor estornudaba entre nubes de polvo. El olor a naftalina estaba siempre presente en casa de la abuela, pero aquí era insoportable. Siguió sacudiendo el plumero. Serpenteando entre muebles y cajones sin saber a dónde iba, hasta que dio con un viejo baúl que llamó su atención. Se encontraba entre una colección de cabezas de mono y un tótem compuesto de grotescos rostros, tallados en una época ya olvidada. Era de forma simple y banal, nada de decoraciones, nada de sellos ni marcas. Víctor dejó el plumero y se arrodilló frente al baúl. Levantó la tapa, que cedió con un tenue gruñido.

Dentro, había tres objetos. Pluma, tintero y un diario. Estaba encuadernado en cuero, y sobre su superficie clara y brillante había un nombre grabado a fuego: Víctor.

Todos en el pueblo le temían a la abuela, pero solo su familia sabía de lo que era realmente capaz. La boca se le secó a Víctor ante la idea de que estuviera usando sus artes contra él. Sabía que no era precisamente su nieto preferido. Por algo lo tenía desempolvando un ático viejo y abandonado.

Tomó el grueso cuaderno y comenzó a pasar las páginas. La letra era tosca. Extraña, pensó Víctor. Las palabras parecían compuestas de charcos en vez de trazos. Acarició la tinta y sintió un hormigueo en los dedos. Luego leyó:

Víctor paseaba por el sendero del bosque con su amigo Pedro. Los dos niños reían por lo bajo. Se habían escapado de la escuela para ir al circo del pueblo…

Víctor recordaba ese día. Tenía siete años. Le había robado unas monedas a su madre para comprar las entradas. Nadie se enteró nunca de aquello. Una pesadez se apoderó del pecho y de los brazos del muchacho. Miró sobre su hombro. De repente, sentía que no estaba solo. Pasó las páginas. Leyó varios momentos más de su vida, narrados con horripilante detalle. Pronto fue incapaz de continuar. Las lágrimas y el miedo empañaban su vista. Torció el diario con brusquedad y las páginas giraron, crujiendo como hojas muertas. Llegó al final. Le enjugó los ojos con la manga y leyó:

Víctor estornudaba entre nubes de polvo. El olor a naftalina estaba siempre presente en casa de la abuela…

Se detuvo. El cuaderno estaba ahora caliente como piel viva, y temblaba en sus manos mientras nuevas letras se formaban para narrar lo que ocurría. Víctor lo dejó caer y se arrastró hasta un armario.

En el suelo el cuaderno respiraba. Con un suspiro, la última página giró. El papel sudó gotas negras que se convirtieron en retorcidas líneas. En letras.

Víctor perdió el control; había visto demasiado, pero ya era tarde. Se levantó de un salto y corrió hacia la escalera. Los viejos peldaños cedieron ante su peso, y Victor cayó. Su querida abuela encontró su frío cuerpo al anochecer. Ahora duerme en el jardín, bajo un manto de azucenas.

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