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1984 - Tercera Parte: Capítulo 5 - George Orwell

fictograma [Unofficial] February 25, 2026
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TERCERA PARTE, CAPÍTULO 5

En cada momento de su encarcelamiento había sabido, o creído saber, en qué parte del edificio sin ventanas se encontraba. Es posible que hubiese pequeñas diferencias en la presión del aire. Las celdas donde le habían golpeado los guardias estaban bajo tierra. La sala donde le había interrogado O’Brien estaba cerca del tejado. Este otro lugar estaba a muchos metros bajo tierra, lo más profundo posible.

Era mayor que la mayoría de las celdas donde había estado. Pero apenas se fijó en los detalles. Lo único que vio fue que había dos mesitas cubiertas con un tapete verde justo enfrente. Una estaba solo a uno o dos metros, la otra, un poco más lejos, cerca de la puerta. Lo habían atado a la silla, con tanta fuerza que ni siquiera podía mover la cabeza. Tenía una especie de almohadilla en la nuca que le obligaba a mirar hacia delante.

Por un instante, lo dejaron solo, luego la puerta se abrió y entró O’Brien.

—En una ocasión me preguntaste qué había en la habitación 101 —dijo—. Te respondí que ya sabías la respuesta. Todo el mundo la sabe. En la habitación 101 hay lo peor del mundo.

La puerta volvió a abrirse. Entró un guardia con una especie de caja o cesta de alambre. La dejó en la mesita más alejada. O’Brien estaba delante y Winston no pudo ver lo que era.

—Lo peor del mundo —continuó O’Brien— varía según cada persona. Puede ser morir enterrado vivo, o quemado, o ahogado, o empalado u otras cincuenta muertes diferentes. En algunos casos es algo mucho más trivial, ni siquiera mortal.

Se había desplazado un poco hacia un lado, de manera que Winston pudo ver mejor lo que había en la mesa. Era una jaula ovalada de alambre con un asa en la parte de arriba para transportarla. En un extremo había algo parecido a una careta de esgrima con la parte cóncava hacia fuera. Aunque se hallaba a tres o cuatro metros de distancia, vio que la jaula estaba dividida en dos compartimentos y que en cada uno de ellos había una especie de animal. Eran ratas.

—En tu caso —dijo O’Brien—, lo peor del mundo son las ratas.

Una especie de temblor premonitorio, un miedo a no sabía exactamente qué, había estremecido a Winston nada más ver la jaula. Pero, en ese momento, entendió lo que significaba la careta y se le revolvieron las tripas.

—No puedes hacer eso —chilló con la voz quebrada—. ¡No puedes, no puedes! Es imposible.

—¿Recuerdas —preguntó O’Brien— el momento de pánico que se repetía tanto en tus sueños? Tenías delante una pared oscura y notabas un zumbido en los oídos. Había algo terrible al otro lado de la pared. Sabías lo que era pero no te atrevías a sacarlo a la luz. Eran ratas.

—¡O’Brien! —dijo Winston haciendo un esfuerzo por dominar su voz—. Sabes que esto no es necesario. ¿Qué quieres que haga?

O’Brien no respondió directamente. Luego adoptó, como hacía a veces, aquel tono de maestro de escuela. Miró pensativo a lo lejos, como si se dirigiese a un público que estuviera detrás de Winston.

—En sí mismo —dijo—, el dolor no siempre es suficiente. Hay ocasiones en que una persona puede resistirlo casi hasta la muerte. Pero para todo el mundo hay algo insoportable… algo en lo que ni siquiera puede pararse a pensar. No tiene nada que ver con el valor o la cobardía. Cuando uno cae desde las alturas, agarrarse a una cuerda no es una muestra de cobardía. Si emerge a la superficie desde las profundidades del agua, no es cobardía que procure llenar de aire los pulmones. Se trata tan solo de un instinto al que no puede desobedecer. Lo mismo ocurre con las ratas. A ti te resultan insoportables. Son una forma de presión que no podrías resistir ni aunque quisieras. Harás lo que se te diga.

—Pero ¿qué es, qué es? ¿Cómo voy a hacerlo si no sé lo que es?

O’Brien cogió la jaula, la llevó a la otra mesa y la dejó con cuidado sobre el tapete verde. Winston oía la sangre que le zumbaba en los oídos. Tenía la sensación de estar totalmente solo. Se encontraba en mitad de una vasta llanura, un desierto inundado de sol en el que todos los sonidos llegaban desde distancias inmensas. Sin embargo, la jaula de las ratas estaba a menos de dos metros. Eran ratas enormes. Tenían esa edad en que tienen el hocico romo y feroz y el pellejo pardo en lugar de gris.

—Las ratas —prosiguió O’Brien, dirigiéndose todavía a su público invisible—, pese a ser roedores, son carnívoras. Ya lo sabes. Habrás oído contar lo que ocurre en los barrios pobres de la ciudad. Hay calles en las que a ninguna mujer se le ocurriría dejar a su bebé solo en casa ni cinco minutos. Las ratas le atacarían. En muy poco tiempo no quedarían más que los huesos. También atacan a la gente enferma o moribunda. Tienen una sorprendente inteligencia para percibir cuándo alguien está indefenso.

Se oyeron unos chillidos procedentes de la jaula. A Winston le parecieron muy lejanos. Las ratas se estaban peleando; estaban intentando romper la separación de alambre. También oyó un profundo gemido desesperado que también parecía llegar de fuera.

O’Brien cogió la jaula y accionó un mecanismo. Se oyó un chasquido seco. Winston hizo un esfuerzo frenético por soltarse de la silla. Fue inútil, estaba totalmente inmovilizado, ni siquiera podía mover la cabeza. O’Brien acercó la jaula. Estaba a menos de un metro del rostro de Winston.

—He accionado el primer resorte —dijo—. Ya sabes cómo está construida la jaula. La careta se ajustará a tu cara sin dejar resquicio. Cuando accione este otro resorte, la puerta se abrirá. Estos bichos hambrientos saldrán disparados como balas. ¿Has visto a una rata saltar por el aire? Saltarán hacia tu cara y empezarán a mordisquearla. Unas veces atacan primero a los ojos. Otras, roen primero las mejillas y luego devoran la lengua.

La jaula estaba más cerca; se estaba acercando. Winston oyó una serie de chillidos agudos que parecían proceder del aire por encima de su cabeza. Pero luchó con todas sus fuerzas contra el pánico. Pensar, pensar, aunque fuese solo un segundo, pensar era la única esperanza. De pronto, el olor mohoso y repugnante de los animales alcanzó las aletas de su nariz. Sintió una violenta arcada y a punto estuvo de perder el conocimiento. Todo se había oscurecido. Por un instante, Winston se convirtió en un animal que chillaba enloquecido. No obstante, salió de la oscuridad aferrándose a una idea. Solo había un único modo de salvarse. Debía poner a otra persona, el cuerpo de otro ser humano, entre él y las ratas.

El círculo de la careta era lo bastante grande para ocultar de la vista todo lo demás. La puerta de alambre estaba a un par de palmos de su rostro. Las ratas sabían lo que se avecinaba. Una de ellas saltaba arriba y abajo, la otra, una vieja veterana de las alcantarillas, se había puesto de pie con las patas rosadas contra los barrotes y husmeaba el aire con ferocidad. Winston vio sus bigotes y sus dientes amarillos. De nuevo, se dejó dominar por el pánico y la oscuridad. Estaba ciego, impotente y aturdido.

—En la China imperial era un castigo corriente —dijo O’Brien, tan didáctico como siempre.

Estaban ajustándole la careta. El alambre le rozó las mejillas. Y, de pronto —no, no fue un alivio, solo una esperanza, un minúsculo fragmento de esperanza—. Tal vez fuese demasiado tarde, pero había comprendido de repente que solo había una persona a quien pudiera transferir su castigo, un cuerpo que podía colocar entre él y las ratas. Empezó a gritar frenéticamente una y otra vez:

—¡Hacédselo a Julia! ¡Hacédselo a Julia! ¡A Julia! ¡A mí no! Me da igual lo que le hagáis. Arrancadle la cara, despellejadla. ¡A mí no! ¡A Julia! ¡A mí no!

Estaba cayendo de espaldas, a enormes profundidades, lejos de las ratas. Seguía atado a la silla, pero había caído a través del suelo, a través de las paredes del edificio, a través de la tierra, a través de los océanos, a través de la atmósfera, hasta el espacio exterior y la vastedad de las estrellas… lejos, lejos, lejos de las ratas. Estaba a años luz de distancia, pero O’Brien seguía de pie a su lado. Seguía notando el frío contacto del alambre contra sus mejillas. No obstante, a través de la oscuridad que lo rodeaba, oyó otro chasquido metálico y supo que la puerta de la jaula no se había abierto sino cerrado.

Continúa en Tercera Parte, Capítulo 6…

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