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"textContent": "Todo empeoró en, literalmente, todos los sentidos posibles. Un cableado eléctrico estaba siendo arreglado en la esquina de la cuadra por lo que estuvimos sin luz tres días enteros, contando historias de terror en el living a la luz amarillenta de una linterna con pocas pilas. Cuando volvió, un compañero que contrajo sarna después de viajar en un colectivo de larga distancia nos contagió a casi todos, para no decir todos. Cremas, más cremas que nos embadurnaban todo el cuerpo y nos dejaban pegajosos. El confinamiento, acostarse y quedar pegado a la sábana como un bicho. Rascarse hasta lastimarse la piel. Faltar a clases, poner en riesgo el cuatrimestre. Los que no se habían contagiado, que eran dos o tres y Nancy, nos llevaban la crema y comida a la pieza. Algunos estaban enfurecidos con el sarnoso; se escuchaban las puteadas limpias, otros no daban más de la risa. Sanar y volver a contagiarse. Más crema y más sarna.\n\nEternas dos semanas de pandemia sarnosa en las que no vi a Joaquín ni una vez, ni entre las sombras de la linterna con pocas pilas durante las noches de historias de terror, ni su voz escuché, ni sus dedos repiquetear a través del durlock agujereado. Dos semanas en las que si quiera se me apareció en algún sueño interrumpido por el picor de las ronchas en la piel.\n\n“No puedo, tengo sarna”. Dentro de mi repertorio de excusas, jamás se me hubiera ocurrido decir algo tan escabroso. Pero el “no puedo, tengo sarna”, entonces, ni siquiera era una excusa. Se trataba de un motivo real, un motivo que llevé bastante lejos, que extendí hasta que las ronchas desaparecieron y el cuerpo ya no me picaba en absoluto. “No puedo, tengo sarna todavía”, cuando me golpeaban la puerta Patricio y Néstor para ir a ensayar. “No puedo, todavía tengo sarna”, para evitar los grupos de estudio del parcial. ¿Todavía tenés?, me preguntaba Nancy, resignada. ¿Cuántas veces tengo que lavarte las sábanas? La sarna me obligó a aislarme, aunque no hubiera querido entonces, y me ayudó a quedarme en la pieza, encerrado, abatido, cuando más ganas tuve de permanecer dentro.\n\nDos semanas. Sarna, insomnio, comezón, pensamientos. Levantar el póster, sacar el bollo de medias del agujero, en mitad de la noche, espiar dentro. Cautela, oscuridad, silencio. Ni siquiera el murmurar del soplido de un ronquido o el leve deslizar de las sábanas de nylon contra la piel. Nada, mucho vacío. Era obvio que él no tenía sarna, que ni siquiera había estado cerca de contagiarse, ni diez cuadras cerca.\n\nNo podía dormir, y tampoco toleraba estar despierto. Era una carcasa con un hueco aterrador y profundo que mientras más se vaciaba, más pesaba. No podía concentrarme en nada, y a la vez era inevitable pensar que, en algún momento, iba a pasar algo que hiciera que todo empeorara aún más. Cuando creía tener algunas horas de estabilidad mental me acordaba de lo innombrable y, de esa forma, volvía a hundirme en el pozo una y otra vez.\n\nLa vida continuaba alrededor, como siempre, girando, transcurriendo. Y el continuar de la vida pasa al último puesto en la lista de preocupaciones cotidianas cuando uno está como yo estaba. Pero era consciente de su pasar; el ruido en la residencia que se detenía, de noche, cuando el cansancio invadía los cuerpos, y reanudaba a la mañana temprano, cuando alguien daba un portazo, dos pisos abajo, para escabullirse en la calle. Las risas de los que volvían borrachos, tarde, los viernes a la noche. Las clases, los ensayos de la obra de teatro a los que hacía ya dos semanas que iba faltando. Patricio faltando a las clases teóricas para presenciar partidos aleatorios en las canchas de fútbol para ver con quién se podía obsesionar esa semana. Patricio hablando bobadas de Juan Cruz. Néstor prestándole la oreja. Yo estático como una piedra, en la pieza, imaginando.\n\nLa última vez que fui a ensayar, Martínez me perforó el tímpano. Su voz chillona, optimista, se me quedó pegada en el cerebro. Me titiló la cabeza cuando intenté dormir esa noche. _En la u-ene-ce tenemos los mejores actores de todo el mundo… Estoy segura de que van a venir de todos sus pueblos a verlos, ¿eh? Parece que falta mucho pero diciembre está acá nomás, a la vuelta de la esquina. Vayan avisando, dale._\n\nRecuerdo haberme preguntado si se había olvidado de nuestra conversación. Si se había olvidado de mí, de lo que había intentado hacer. Recuerdo haberme preguntado si no me había imaginado sus palabras de ánimo, sus manos, calientes, apretando las mías. Me cuestioné por qué estaba siendo tan cautelosa con sus miradas, por qué ya no me señalaba y me nombraba como ejemplo, por qué había pasado a ser uno más en sus clases cuando siempre había sido el centro. Recuerdo haberme preguntado cómo era posible hacer como si nada cuando sabías que a otra persona se le estaban cayendo los ladrillos por dentro.\n\nDos semanas. Al catorceavo, quinceavo día me dije a mí mismo que no podía seguir así. Me cambié de ropa, me tiré un poco de perfume, me aplasté el pelo, me puse unas zapatillas y salí de la pieza. Entonces, en el pasillo, me di cuenta de cuán viciado estaba el aire que había estado respirando. Eran alrededor de las dos o tres de la tarde; a esa hora nunca había nadie dando vueltas. O todos están en la facultad, o todos están durmiendo la siesta o en el trabajo part-time. Y la puerta al lado de la mía quieta, como si no hubiera sido zarandeada en años.\n\nSalí de la residencia. Era lunes; las calles estaban colmadas de autos, de camiones descargando y cargando, en la vereda la gente caminaba como si les hubieran tirado de una cuerda. Yo sentía que me iba a desmayar. En el kiosco, el metalero se comía un sánguche sobre el mostrador mientras desparramaba migas y escuchaba un partido a todo volumen por la radio. Todavía estaba colgado el cartel de que buscaban gente. _¿Qué necesitás, nene?_ , me preguntó de muy mala manera, como siempre. Me compré un sánguche de milán y queso y una coquita, y por miedo a subir y encontrarme a alguien, me senté en el escalón de la puerta a comerlo.\n\n—Miralo al sarnoso —dijo la peor voz que pude escuchar en ese momento.\n\nSubí la mirada. Patricio me localizó desde la esquina de la cuadra y me llamó la atención con el simple y escandaloso pitido de su voz. Venía caminando a toda marcha, como el resto de las personas, y las esquivaba a pasos agigantados mientras se acercaba y me señalaba con el dedo. Solo cuando estuvo lo suficientemente cerca me di cuenta de que estaba enojado, o quizás indignado, o quizás decepcionado. Probablemente todas las anteriores.\n\n—¿Se puede saber qué mierda te pasa?\n\n—Ya se me pasó la sarna —le dije, mientras me subía las mangas del buzo como para demostrarle la ausencia de las ronchas.\n\n—¿Vos te pensás que yo soy pelotudo?\n\n—¿Eh?\n\n—¿Vos te pensás que yo me comí el cuentito ese? —Silencio. Fruncí los hombros, haciendo de cuenta que no entendía de qué me hablaba realmente. Le di un trago a la coquita. Él me miraba desde arriba, atónito—. A Néstor capaz lo convencés porque él es un colgado y además te creé todo, pero a mí no me podés boludear. Estás equivocado si pensás que me podés boludear. ¿Qué estuviste haciendo todo este tiempo?\n\n—Estuve en la pieza porque tenía sarna. ¿Qué más querés que te diga? ¿Quéres que te muestre las cicatrices que me quedaron en el culo?\n\n—Y dale y dale con la sarna. Si no estuviste con nadie más ahí adentro, ¿quién te va a contagiar? ¿Tu vieja?\n\n—Qué se yo, Patricio. No me rompás los huevos.\n\n—Te voy a decir una cosa —se acercó y me desprendió la coquita de la boca—. _Vos_ no nos rompás los huevos. ¿Sabés de dónde vengo? Estamos todos ensayando como unos pelotudos al reverendo pedo porque nos falta el protagonista de esta obra de mierda. Hacé lo que quieras con tu vida, Elías. Si querés dormir dos semanas seguidas, si querés meterte en un búnker, no salir más, no sé, no me importa. Pero vos tenés una responsabilidad. Estamos todos ensayando y vos acá rascándote el ojete y comiéndote un sánguche de mierda.\n\n—No te calentés, pelotudo. ¿Desde cuándo te importa tanto esto?\n\n—Desde que te dan los mejores papeles y vos te los pasas por el orto.\n\n—Si tenés algún problema con eso hablá con Martínez, no te la agarres conmigo.\n\n—Me chupa los dos huevos Martínez. Vos sos mi amigo, y como sos mi amigo tengo la confianza suficiente para decirte las cosas en la cara te guste o no. Elías —hizo una pausa, me obligó a mirarlo—, ponete las pilas. No caigas en esa de nuevo. No sos un inútil, no te portés como uno.\n\nPatricio se metió a la residencia sin volver a mirarme, sin decir nada más. Cerró la puerta detrás de sí con un portazo fugaz que me despeinó los pelos de la nuca. Yo me paré, hice unos pasos, tiré el sanguche en el contenedor de basura y abandoné la Coca al costado de las escaleras en las que había estado sentado. Empecé a caminar en dirección a la facultad, aunque sin destino en particular.\n\nÉl y yo nunca estábamos de acuerdo; no era raro que nos encontráramos envueltos en discusiones sin fin. Y aunque eran frecuentes, nunca se trataban de mí. Sus respuestas no dejaban de ser duras, rara vez se aplicaba un filtro en la boca. De todas formas, años después, millones de veces desee volver a escuchar esas palabras descaradas para que me acomodaran un poco la mente. Pero eso fue años después. Aquel día empecé a alejarme porque las ganas que tenía de meterme en la residencia atrás de él y molerlo a palos se acrecentaban tanto que mi cerebro, sin que yo supiera, resolvió que alejarse era lo apropiado. Como si al alejarme dejara atrás también esa sangre amarga que se me había metido en las venas y me estaba pudriendo por dentro.\n\nLas calles del centro a la hora de la siesta. Otoño, hojas, cielo celeste, viento. Manteros, músicos en las veredas y malabaristas en las esquinas, música en los bares, olor a café recién tostado, viejos jugando al ajedrez en los boliches. Cambié de dirección. Caminé un poco más y me senté en La Cañada, casi llegando a esquina Colón, donde se unen el Centro y Barrio Alberdi, y me quedé mirando con detenimiento a esos viejos que se tomaban, probablemente, una segunda o tercera jarra de sangría.\n\nEn esa época, cuando todavía era un chico, lo que más me aterraba de volverme adulto era olvidar. Los adultos pierden la cabeza, se olvidan de sí. ¿Qué fue de vos? ¿Qué te diría tu adolescente fluorescente si te lo chocaras de frente? Y miren que mi vida en ese entonces era la mierda misma, pero así y todo no quería dejar atrás aquellos años, mucho menos cuando, en una conversación casual, alguien mencionaba que los siguientes eran peores. Me daba miedo olvidar de dónde venía, perder el norte, caminar hasta donde no quería. Llegar a viejo para darme cuenta de que la vida me llevó por delante y de que no llevé la vida que quería.\n\n¿Por qué no le dije? ¿Por qué me daba tanto miedo decirle que estaba mal? ¿Y por qué me costó tanto admitírmelo a mí mismo? ¿Por qué sentí, por mucho tiempo, que no había nada más después de eso? En aquella época sabía que no estaba actuando como se suponía que debía hacerlo. Sabía que iba a encontrarme a mí mismo, años después, cuestionando todas las cosas que hubiera hecho diferente y así sucesivamente hasta morir. Y mírenme ahora, léanme ahora. Estoy escribiendo un texto infinito, irresoluto, cargado de posibilidades, colmado de “hubiera hecho”, de “le hubiera dicho”, de “recuerdo que”. ¿Qué es de mí ahora? ¿Quién soy además de todo lo que decidí no hacer conmigo?\n\nAl otro día, con Néstor, acompañamos a Patricio a ver a Juan Cruz a la canchita. El día estaba horrible; había mucho viento y el cielo estaba colmado de nubes grises oscuras y apretadas. Como sabíamos hacer, fuimos caminando. Dábamos pasos largos, apresurados por los “apúrense” de Patricio. Y nosotros que le obedecíamos y nos apurábamos para ver, una vez más, a los odontólogos contra los economistas. Un partido que se repetía, con resultados que se repetían, con personas que se repetían y que yo, mientras tanto, sabía exactamente lo que significaría.\n\nNéstor me hizo exactamente los mismos planteos que Patricio, con la diferencia de que utilizó su tono más educado para emboscarme con preguntas que respondí de forma desabrida un poco para cortar con el tema de una vez y otro poco porque estaba cansado de justificarme ante los demás, incluso a sabiendas de que las elaboradas explicaciones eran falsas. Y Patricio que, medio sabiendo que yo estaba mintiendo, miraba al frente con el ceño fruncido, juzgándome en su mente.\n\nLlegamos y con Néstor nos sentamos en contra de la hilera de álamos. El pasto estaba raleado, mezclado con tierra húmeda que después se nos iba a quedar pegada en la parte de atrás de los pantalones. Patricio caminó unos metros más allá y se prendió del tejido, atrás del arco de los odontólogos. Lili y dos o tres chicas más estaban sentadas en el banco que evitamos, ese que tiene una vista perfecta a la cancha y a los jugadores, lo suficientemente perfecta como para encenderles los ojos a todas ellas.\n\nEn la cancha, Joaquín corría atrás de la pelota. Se me quedó mirando cuando todavía no nos habíamos sentado en contra de los álamos y siguió mirándome de a ratos, como si no supiera exactamente qué era lo que estaba buscando. Estuve a dos pensamientos desquiciados de colgarme del tejido, justo al lado de Patricio. Pero Néstor no paraba de hablar y, por el contrario, me empecé a reír. El tema de conversación del que supuestamente yo participaba no causaba risa. Néstor frunció el ceño.\n\n— _Bue_ , no te voy a decir más nada.\n\n—Perdón, justo me acordé de algo.\n\n—Contame así me rio yo también.\n\n—No, es una boludés. ¿Qué me decías?\n\n—Es la última vez que vengo a este lugar —sentenció—, menos con este clima. Además, mirá, hay todas minas y nosotros. Quedamos como unos pelotudos.\n\nNéstor siguió quejándose de un tema y después de otro. Me puse una campera y seguí absorbiendo humedad como un hongo. Observé a Patricio prendido del tejido, sin siquiera darse vuelta en algún momento para saber de qué hablábamos, repartiendo el peso del cuerpo entre una pierna y la otra, exhalando vapor cálido que se difuminaba en la noche que ya había caído, porque ya anochecía temprano. Patricio esperaba. Esperaba que él detuviera el partido, que corriera afuera de la cancha y siguieran corriendo juntos, que hiciera un gol y formara una “P” con los dedos. Esperaba, probablemente, que nomás lo mirara. Y no se movía porque creía que el simple hecho de desaparecer por dos segundos le haría olvidarse de todo el tiempo que había acumulado estando ahí, permaneciendo, sin ninguna expresión en particular más que la de “me voy a parar acá sin hacer nada y capaz me muera acá sin hacer nada, pero no me voy a ir hasta que estés listo, y capaz entonces me voy a ir, pero con vos”. Quién sabe qué hilvanaba su mente.\n\nEl partido terminó poco después. Nos íbamos a ir, pero resulta que entre las amigas de Lili estaba una chica que Néstor se estaba encarando y me pidió, por favor, que nos acerquemos a saludar antes de que se fueran. Entonces me encontré a mí mismo envuelto en una realidad alternativa en la que nunca me hubiera situado voluntariamente: en el banquito, atrás del tejido, con una vista perfecta a la cancha iluminada que se despejaba de a poco. Las dos amigas de Lili hablaban con Néstor, de pie. Lili me arrastró aparte para hablar de la obra. Me agarró de las manos para sentarme. Ella tenía las piernas cruzadas y, entre palabras, lanzaba miradas disimuladas, como Patricio, esperando impacientemente que él la viera. Que supiera, que se acercara. _Acá estoy, sigo acá, no me fui._\n\n—¿Qué hacés acá? —Joaquín me abrazó primero. Habló con sorpresa. Ella nos miró—. ¿Cuánto hace que no te veía?\n\n—Uh, no sé. Perdí la cuenta —me reí, tratando de ocultar los nervios.\n\n—¿Dónde estabas?\n\n—Donde estoy siempre —seguí con la risita, forzadísima e incómoda—. Tuve sarna. Duró bastante.\n\n—Uh, te agarraste la sarna. Qué cagada. Yo por eso me instalé de Lili —se rió, mirándola desde arriba. Ella sonrió—. ¿Qué vas a hacer esta noche?\n\n—No sé, ni idea. Es miércoles.\n\n—Por eso, hay que cortar la semana. ¿Comemos unas pizzas? —Le preguntó justo antes de sentarse a su lado y agarrar la botellita que ella tenía en la mano desde hacía unos quince minutos. Lili asintió y me miró—. ¿Qué decís?\n\n—Bueno, puede ser. Pero no quiero molestar.\n\n—No molestás, Elías —me dijo ella. Las mejillas rojas, la sonrisa tenue y angelada.\n\nNunca me pregunté qué tenía ella que no tenía yo. Mi ego atropellado y dañadísimo me hacía sentir superior en todos los aspectos. Creía que ella era una distracción, una simple e ínfima diversión de la cual se iba a deshacer como una botella de plástico vacía cuando se diera cuenta de que lo nuestro no era un vano encuentro neutro, y durante mucho tiempo me sentí mal por ella. Me hacía sentir muy mal verlos juntos, verla esperándolo en el banquito atrás del tejido para alcanzarle el agua y una toalla, ver sus manos agarradas mientras caminábamos al departamento de ella. Me destruía contemplar cómo él la agarraba del mentón y la miraba a los ojos con ternura aunque no estuviera viendo nada.",
"title": "El Orden Inestable de las Cosas - Capítulo 6: \"SARNA\"",
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