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Una fe blaugrana

infoLibre - Información libre e independiente [Unofficial] May 24, 2026
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Yo me sentaba en la banqueta de ordeño. Detrás de la barra. El suelo estaba lleno de cáscaras de cacahuetes y colillas. En la taberna los hombres (solo entraba alguna mujer a esa hora a por aceite o una hoja de bacalao) juraban en arameo, que si Guruceta, que si Amancio, que si los putos catalanes. Todo olía al vino ácido del país como si un enano verde hubiera vomitado en el suelo. Y mi abuela aplaudía, aplaudía a Sadurní, Rifé, Gallego, Eladio, aquel Barça chungo, de entreguerras , con las medias caídas, que a principios de los setenta ganaba de vez en cuando la Copa de Ferias. Pero a mi abuela, republicana (se lo tenía muy calladito por la pareja de la Benemérita que venía a ver el partido con el arma y las ruanas), le tiraba el blaugrana y yo me hice del Barça porque era también la némesis del Real Madrid, el equipo de Santiago Bernabéu y del Generalísimo, a veces los confundo, deben ser los bigotes, la única manera de poder sentarme en la banqueta y llevar la contraria a casi todos, así que ahí estaba yo, barcelonista, republicano , comiendo cacahuetes del saco de arpillera.

Cuando se habla de fútbol y del periodo de la televisión en blanco y negro (con algún corte del suministro eléctrico si había temporal y había que encender las velas), se habla del franquismo y del claroscuro, de aquella España de la 1 y la 2 que se bebía todavía la dictadura con una copa de Veterano o, los más jóvenes, de Cointreau o Licor 43 antes de arrancar el Mirafiori camino de las salas de baile. A mí me daban una gaseosa La Pitusa y un puñado de manises, de vez en cuando un bocata de sardinas Escurís cuyo aceite se me escurría por los pantalones cuando Martí Filosia, Charly Rexach o Asensi, que me recordaba mucho al caballo de mi tío Serafín, estaban a punto de hacer gol, aunque fuera una ilusión óptica, otro desengaño.

Solíamos perder en Las Palmas, en Granada, en Amberes, hasta en Pontevedra perdimos aquella vez, aunque a veces le ganábamos al Madrid y ya salían en el Gol Nord laspancartas de Aquest any sí. Pero el any tardaba demasiado y la banqueta me quedaba ya pequeña, también Franco, cada vez más jibarizado, también los trenes, la televisión en color y la inmensa pena de pertenecer a un equipo perdedor, bonito sí (ahí quedaba el recuerdo de Kubala y Luisito Suárez), pero perdedor. El Barça era por entonces un equipo que parecía entrenado por Samuel Beckett: fracasaba mejor que ningún otro.

La pelota (la pilota) es recuperar la infancia perdida , el tiempo de juego, y todavía ahora me veo en la banqueta, la televisión como un altar sobre las latas de melocotones y los membrillos de Puente Genil, la bombilla vacilante, el matamoscas con su zumbido de silla eléctrica y Rexach, tan desgalichado como el resto del equipo, que de vez en cuando la mandaba a la Diagonal. No importaba. Éramos ya del Barça, republicanos y del Barça, apóstatas, y pasamos un largo periodo sin celebrar hasta que en esas llegó El Profeta y lo cambió todo.

Por profeta me refiero a Johann Cruyff , el dios neerlandés, el hombre de la gabardina, el Nureyev que pisaba el área para demostrar que era un experto en artes marciales. Fue en agosto del 73. Me compré el As de color sepia, el Sábado Gráfico , el Marca que mi tío Manuel compraba en Vilagarcía de Arousa después de repartir la leche. A su lado un sanchopanza de la vida, El Cholo Sotil, porque hubo un cholismoantes de Simeone , un peruano que arrastraba el culo por el pasto como un cuy, pero que metía esos goles de deshollinador con el ombligo, con la rabadilla, esa anatomía que a veces tienen los goleadores cortos de estatura pero con hambre atrasada de una niñez miserable.

Inolvidables imágenes de Johan llegando al Prat, Johan con su esposa rubia sonriendo en el control de pasaportes con los picoletos de mostacho en la cabina revisando el pasaporte del hereje. Parecía que venían de vacaciones a Lloret de Mar. He oído decir muchas veces que con él cambió la historia, y es verdad, cambió para siempre la fisonomía de un equipo triste (todavía hoy hay un fatalismo crónico) que se convirtió en una escuadrilla de ataque como aquel Ajax inolvidable (para mí el mejor equipo de siempre) en el que las patillas de Neskeens eran un cambio de agujas en el medio campo, un John Deere moderno que dejaba como una patena el campo de alfalfa.

Neeskens, Cruyff, Rinus Michels... Nos hicimos holandeses y nos fue bien siendo de los Países Bajos, todos de color naranja, pura vitamina C, jugábamos al pie sobre la alfombra, gambeteábamos como liebres, importamos la táctica del fuera de juego, metíamos casi siempre un par de goles más que el contrario, incluso cuando jugábamos contra el Sabadell. Era comprensible que la defensa (‘Tarzán’ Migueli, Alexanco y compañía) se sintiera, tal como con Flick ahora mismo, siempre vendida con aquella recua de melenudos que iban al ritmo de los Rolling Stones y entendían que su mandato era pisar el área contraria, morder los travesaños de la portería.

Con Cruyff no ganamos en Europa hasta que se puso la gabardina y con el chupa chups en la boca vio cómo Ronald Koeman, otro holandés en esta historia neerlandesa, fulminaba a la Sampdoria con un libre directo que he visto repetido muchas más veces que el gol de Iniesta en el Mundial de Sudáfrica. Todo conduce al mismo punto: Koeman, Andrés Iniesta, La Masía, esa escuela de derviches que puso de moda en todo el mundo el control orientado, la conducción temeraria, el rondo del Ballet de Montecarlo, el olor a pasto mojado cuando el fútbol se viste el traje de gala y te pone “la gallina en la piel”, como decía El Profeta en su dislexia.

Al final Cruyff prefirió seguir fumando y jugando al golf fuera de los banquillos y probamos suerte con un señor inglés, Terry Venables, que escribía novelas policíacas y con el que perdimos (muy Barça) la final más absurda de la historia contra el Steaua de Bucarest en Sevilla. Todavía lloro y sigo teniendo pesadillas nocturnas con los bigotes suabos de Duckadam.

Pero algo debió sembrar Johan porque empezaron a surgir jugadores que ya eran entrenadores cuando jugaban, como Pep Guardiola, un iluminado que devolvió al Barça al jogo bonito , un dream teamabusón por el control y la tiranía que ejercía sobre los rivales, cualquier que fuera el rival. Empezó perdiendo en Soria contra el Numancia, pero levantó dos Champions, tras el breve periodo de otro fumador empedernido que dirigía al Barça fiestero de Ronaldinho, Frank Rijkjaard (You’ll Never Smoke Alone). Es un equipo muy vicioso el Barça.

Tras el breve repaso al historial clínico, dejando a Maradona aparte porque Barcelona fue una escala venérea antes de su reencarnación napolitana, decir que la fe inconmovible de un culer, sienta mejor en el exilio , y si vives en Madrid es mucho más masoquista y placentera; Cibeles y Neptuno ya tienen dueño, Canaletas queda fuera de juego. Veo incluso los partidos del Barça en Sidney, Marrakech o Los Ángeles o cierta vez incluso en un crucero por cortesía del capitán, un croata que bebía los vientos por Iniesta. Hay dos cosas que no cambian en mi vida: la llamada de mi madre los domingos por la mañana y el Barça, aunque juegue contra el Barbastro, incluso a veces mi adicción crónica me ha llevado a seguir los entrenamientos por streaming y el túnel de collejas de algún reaparecido.

Cada vez se oye menos decir que el fútbol es “el opio del pueblo”. Pienso que no hay que desdeñar nunca ni al opio ni al pueblo. Y en el Barça la epifanía la encarnó Cruyff y creo que también influyó a aquella España de bostezos y sacristías, de Nadiuska y curas pedófilos. Fue en 1973, repito, cuando llegó El Profeta y a Franco no le temblaba el pulso con las sentencias de muerte pese al Parkinson. Pero algo cambió para siempre: con Cruyff nos liberamos del sistema carcelario y las mujeres metieron el sujetador en el bolsillo (brass in the pocket) como en la canción de los Pretenders. Una coincidencia astral: Gay Mercader trajo a los Rolling Stones por primera vez a la Monumental de Barcelona el 12 de junio de 1976; en mi subconsciente, que es colectivo, siempre conecto una cosa con otra, los Stones y Cruyff, alto voltaje en aquel país de bombillas de escasa potencia: You Can’t Always Get What You Want.

La televisión también mutó pese a Laura Valenzuela y Joaquín Prat. Ya amanecía el color y pudimos ver (además de a Paloma Chamorro, La Clave y el gol de Koeman) el blaugrana tal como era, la publicidad de Banca Catalana en los fondos del Camp Nou y el logotipo de Meyba, tan camp , impreso en la camiseta de los jugadores. El pasto era tan verde como un sueño de ovejas eléctricas.

El retrogusto del barcelonismo es de amarettoitaliano. El suelo donde pisas siempre está sembrado de cáscaras de cacahuetes. Siempre estamos esperando la llegada del nuevo Profeta. Todavía mantenemos la fe. Ese chaval de Rocafonda, Mataró, 403, Lamine, apunta a derribar la escuadra si las influencers no le vuelan antes la cabeza. En Madrid le llaman “puto moro”, una manera de indicar que vamos por el buen camino.

*El último libro publicado por Ramón Reboiras es ‘El Chevrolet de Pessoa’ (La Umbría y La Solana, 2025).

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