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  "textContent": "Los golpes secos del hacha corchera son parte de la identidad de comarcas enteras en Extremadura desde hace generaciones. Una especie de lenguaje propio, transmitido de padres a hijos, de maestros a aprendices, de cuadrilla en cuadrilla. Es la banda sonora de un oficio, el de sacador de corcho, tan especializado que un error de apenas centímetros puede comprometer durante años la producción de un árbol. Un arte, de precisión casi quirúrgica, que empieza a perderse en las manos de quienes, durante décadas lo han dominado.Extremadura cuenta con alrededor de 250.000 hectáreas de alcornocal, aproximadamente el 35% de toda la superficie española . Cada año, se obtienen en la región unas 21.000 toneladas de corcho, que es cerca de un tercio de la producción nacional y que, además, alimenta una industria transformadora capaz de fabricar cerca de 2.000 millones de tapones anuales y exportar a más de medio centenar de países, entre ellos Estados Unidos.Sin embargo, la saca del corcho afronta, en estos momentos, uno de los mayores desafíos de su historia, que no es otro que encontrar relevo para una profesión cuya edad media ya ronda los 55 años . El problema preocupa a propietarios forestales, empresas transformadoras y organizaciones del sector, que son conscientes de que el futuro de una actividad estratégica para Extremadura depende en gran medida de que nuevas generaciones decidan incorporarse a un trabajo duro, exigente y cada vez más difícil de cubrir.No se trata únicamente de que los jóvenes no se sientan atraídos por la profesión. Pueden faltar ganas, pero también falta cualificación: «No se trata solo de extraer el corcho, sino de hacerlo sin dañar la capa madre del alcornoque», explica Joaquín Herreros de Tejada, presidente del Clúster del Corcho de Extremadura. Se trata de un conocimiento que exige años de experiencia y que, tradicionalmente, se ha aprendido sobre el terreno, observando y trabajando junto a los más veteranos.La industria del corcho soporta 25.000 jornales cada temporada en ExtremaduraEste «modelo» de transmisión del conocimiento, que ha funcionado durante décadas, empieza a agotarse. La despoblación rural, la aparición de nuevas oportunidades laborales y las dificultades para atraer jóvenes al trabajo en el campo han reducido el número de personas dispuestas a incorporarse a un oficio físicamente exigente y con una marcada estacionalidad. La campaña de descorche apenas se prolonga durante unos meses al año, aunque su impacto económico es considerable. Solo en Extremadura genera alrededor de 25.000 jornales cada temporada.Un manual para los jóvenesPara intentar revertir esta tendencia, el sector ha empezado a dar pasos para tratar de profesionalizar la actividad y facilitar la entrada de nuevos trabajadores. Uno de esos pasos es la elaboración del primer manual para la obtención del carné de sacador de corcho , un documento en cuya elaboración ha participado el Centro de Investigaciones Científicas y Tecnológicas de Extremadura (CICYTEX) y que aspira a servir de base para una futura homologación europea.Raúl Lanzo es uno de los responsables del proyecto. Explica que el objetivo principal es «garantizar el relevo generacional en uno de los oficios forestales más especializados y emblemáticos del ámbito mediterráneo». Aunque admite que no constituye una solución definitiva, considera que puede ayudar a paliar «la escasez de mano de obra especializada y la pérdida progresiva de los sistemas tradicionales de aprendizaje». La iniciativa pretende establecer unos conocimientos mínimos para quienes quieran incorporarse a la profesión, estructurando una formación que, durante años, se adquiría única y exclusivamente mediante la práctica. Buscan, de esta forma, reducir las barreras y ofrecer a los jóvenes una forma más clara de acceder al oficio.Sin embargo, los profesionales tienen claro que el desafío va más allá de la formación: «No es solo formar, tenemos que hacer atractivo el oficio», resume Herreros de Tejada. El problema de fondo no se queda en el corcho, sino que tiene que ver, en general, con el conjunto del medio rural. La importancia de revertir esta situación es clave para localidades concretas como San Vicente de Alcántara, considerada la capital del corcho de la región. Allí, en un municipio de algo más de 5.000 habitantes, la industria genera alrededor de 400 empleos directos, a los que se suman cientos de puestos indirectos : «Es un ejemplo muy claro de cómo el corcho vertebra un territorio entero», sostiene el presidente del Clúster.Además del relevo generacional, el sector también mantiene cierta preocupación por la evolución de los propios alcornocales. Los problemas de regeneración, la aparición de patologías y los efectos del cambio climático están reduciendo la capacidad productiva de muchas masas forestales. A ello, hay que sumarle la incertidumbre que vive el mercado internacional del vino, principal destino de los tapones de corcho y, por tanto, principal generador de valor para toda una cadena productiva.Pese a todo, el sector mantiene el optimismo. El corcho continúa siendo un material natural, renovable y plenamente alineado con las exigencias medioambientales actuales. Su capacidad para fijar población, generar empleo y contribuir a la conservación de la dehesa le otorgan un valor que trasciende lo puramente económico. La cuestión ahora es si habrá suficientes manos preparadas para seguir desprendiendo, verano tras verano, la corteza de unos árboles que forman parte del paisaje y de la historia de Extremadura. Porque el futuro del corcho depende tanto de la salud de los alcornocales como de quienes todavía saben tratarlos.",
  "title": "Sacador de corcho: la profesión en peligro de extinción que quiere recuperar Extremadura"
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