Las redes de un pueblo de Alicante que 'pescan' drones en Ucrania
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May 30, 2026
Ni siquiera había salido el sol cuando Vladímir Putin apareció por sorpresa en la televisión para anunciar que había ordenado atacar el Dombás , la región a la que pertenece Anastasia Kovalova, una trabajadora ucraniana de una empresa de redes ubicada en Callosa de Segura (Alicante). Fue el 24 de febrero de 2022, a las 5.30. El presidente ruso defendió ante las cámaras que el enfrentamiento «era inevitable, cuestión de tiempo», y que la operación solo buscaba «desmilitarizar y desnazificar Ucrania, pero no ocuparla».Minutos después, las explosiones se escucharon también en otras regiones del país, incluida Kiev, su capital. El ministro del Interior ucraniano informó de que el Ejército ruso había cruzado la frontera de Ucrania por varios puntos. Tras la primera oleada de bombas, todo el mundo se lanzó a los supermercados para hacer acopio de provisiones y se formaron largas colas en los cajeros automáticos y las gasolineras por si se cerraban. Kovalova cuenta a ABC que ella ya había vivido aquel infierno antes, cuando los separatistas prorrusos se sublevaron y comenzó la guerra que azotó únicamente a su región en la primavera de 2014. «Mi hija tenía 5 años y yo estaba muy preocupada. Durante meses los bombardeos fueron diarios. Aguanté todo lo que pude pensando que terminaría pronto, porque nadie pensaba que aquella guerra anterior fuera a prolongarse tanto. Llegó un momento en que estaba mentalmente agotada, así que, en 2015, decidimos marcharnos a un país más seguro para empezar de cero. Emigrar siempre es complicado y fue una decisión muy dura, pero creo que responsable. La prueba es que la casa en la que vivíamos en Lisichansk [ciudad de la provincia de Lugansk] ya no existe. Mis vecinos me enviaron fotos en las que se veía nuestro edificio completamente destrozado, derruido. Le había caído una bomba en medio y solo quedaban en pie los tubos de la chimenea», recuerda esta empleada ucraniana cuando nos encontramos en Callosa de Segura.Noticia relacionada reportaje No No Al cuarto año de guerra Por qué me alisté en el ejército ucraniano: «Da vergüenza ser un hombre en la retaguardia» Andriy LyubkaPor eso, cuando Putin aseguró en 2022 que la actual guerra se acabaría en unos días, Kovalova no le creyó. El tiempo le dio la razón. Cuatro años después, Rusia no solo no ha cesado sus ataques, sino que los ha intensificado a medida que mejoraban la calidad y cantidad de sus drones, cuyos ataques se han ensañado con las infraestructuras energéticas y militares, pero también con las civiles, como estaciones de tren y autobús. Las defensas aéreas, por su parte, han demostrado ser insuficientes y el número de muertos aumenta . «Mi pueblo de Ucrania no es muy grande, más o menos del tamaño de Elche, pero estaba muy desarrollado. Ahora, sin embargo, está ocupado por los rusos y medio destrozado. El Kremlin no reconstruye nada y la mitad de los vecinos está sin luz ni agua. Mis padres decidieron quedarse allí, no pude convencerles de que se vinieran a Callosa. Dicen que aquella es su casa y tengo que respetarlo, aunque sea doloroso», reconoce esta odontóloga de profesión que no pudo homologar en España su título por la guerra. Gracias a su rápido aprendizaje de nuestro idioma, sin embargo, en 2020 consiguió trabajo en Internacional de Redes y Cuerdas (IRC) como encargada de ventas en los países de la antigua Unión Soviética.AnsiedadAquel 22 de febrero, el móvil de Kovalova empezó a sonar media hora antes de que Putin apareciera en televisión. Llamaban sus familiares y amigos para informarle de que habían empezado los bombardeos. «Nunca pensé que la tensión fuese a llegar a ese punto. Llegué a la oficina muy preocupada, con mucha ansiedad, y empecé a llamar a nuestros clientes ucranianos para preguntarles cómo estaban sus familias. Hasta ese día, mandábamos redes para la agricultura, la seguridad, la construcción, deportivas y de pesca, pero entonces las necesidades cambiaron», cuenta.«A mi casa de Lisichansk le cayó una bomba y ya solo queda en pie los tubos de la chimenea»Pocos días después, la jefa de ventas sugirió a sus jefes que donaran las mallas sobrantes para proteger a personas e infraestructuras en las zonas de su país castigadas por el conflicto. El fundador y gerente, Manuel Marcos, aceptó de inmediato y explica cuál fue su planteamiento: «Nos preguntamos qué es lo que necesitaba Ucrania. Y era, sobre todo, salvar vidas. Entonces llegamos a la conclusión de que igual que hacemos redes para proteger a obreros de la construcción, también podíamos hacerlas para proteger a la población de los ataques de los drones. No lo vimos tan complicado, en el sentido de que nuestras redes de pesca, por ejemplo, están hechas para soportar la embestida de un atún de 400 o 500 kilos, por lo que pueden parar el ataque de un dron. Por eso es importante que nuestros clientes nos informen de la velocidad que alcanzan y el peso que tienen los nuevos drones». Ni Kovalova ni Marcos imaginaron que este producto heredero de la antigua industria del cáñamo, que en la Vega Baja del Segura cuenta con una gran tradición y varias empresas dedicadas a él desde hace décadas, se iba a convertir en material estratégico de defensa para hacer frente a la última tecnología militar. De esa forma, lo que empezó como una contribución solidaria en aquel funesto febrero de 2022, se reveló como una manera sencilla y eficaz de proteger a la población y sus viviendas, entre otras infraestructuras.ProtegerSus clientes comenzaron a solicitar redes con unas características más específicas enfocadas al conflicto. «En realidad, la filosofía es la misma, proteger», subraya Marcos, que fundó la empresa en 1997 con la única intención de vender redes de pesca él solo por los pueblos. Más tarde incorporó a su mujer y a su padre, hasta que decidió hacer él mismo las redes y la compañía creció hasta adquirir la dimensión internacional que tiene hoy. Aun así, cuando visitamos sus instalaciones, todavía vemos a las rederas confeccionando a mano las mallas que irán a Ucrania, con la ayuda de algunas máquinas industriales que también intervienen en el proceso. «Al principio sabíamos que esas empresas a las que mandábamos las redes no tenían capital para hacer ningún pago ni forma de hacernos llegar el dinero aunque lo tuvieran, así que todos aquellos primeros envíos fueron sin ánimo de lucro. Nos dijeron que el producto se usó para proteger edificios y algunas de las calles más transitadas de Ucrania. Una vez que todas esas compañías con las que llevábamos trabajando varios años comenzaron a adaptarse a las circunstancias y pudieron empezar poco a poco a afrontar algunos gastos, esa actividad altruista se fue transformando en una actividad comercial como la que teníamos antes, aunque nuestro producto fuera para otro uso», explica el director comercial de IRC, Juan Luis Antón. El resultado es que entre el 70 y el 80 % de las redes de defensa contra los drones que se instalaron en territorio ucraniano durante el primer año de la guerra procedían de esta empresa de Callosa de Segura. A lo largo de los tres años siguientes mantuvieron un volumen de envíos parecido. Hasta el momento, asegura, solo en Kiev habrían distribuido en torno a un millón de metros cuadrados de paños que sirven no solo para defenderse de los ataques de los drones, sino también para recuperar toda la tecnología rusa que puedan, ya sea para reutilizarla o para analizar los avances de estas armas de última generación.Arriba: las rederas, en plena faena. Sobre estas líneas a las izquierda, una de las maquinas que producen las redes. A la derecha: Anastasia Kovalova P. MiranzoLeones marinosCon toda la información que reciben de sus clientes, esta empresa de Callosa de Segura diseña kilómetros y kilómetros de redes que se usan, literalmente, para atrapar los drones al vuelo de la misma forma que se pescan toneladas de sardinas y salmones. «Un caso que yo diría que se parece mucho más al de los drones y cuyo estudio nos ha ayudado a mejorar las mallas es el de los leones marinos que atacan el contenido de una jaula de acuicultura que contiene miles de salmones en el sur de Chile», aclara Antón. El director comercial también explica que a medida que los pedidos aumentaban, sus redes también fueron mejorando su capacidad de camuflaje, para ocultar los elementos sobre el terreno y hasta para cambiar de color según las estaciones. También su capacidad para resistir al fuego y soportar los ataques de los temidos drones kamikaze rusos Geran-2, los más empleados en la actual guerra. Con un peso de 200 kilos, incluidos los 50 de carga explosiva, pueden recorrer 2.000 kilómetros y alcanzar velocidades de hasta 180 kilómetros por hora. Hasta el día de hoy, se han lanzado más de 60.000 unidades.En los últimos tiempos, continúa el jefe de ventas, han tenido que «implementar sistemas de neutralización para estas aeronaves no tripuladas dobles e, incluso, triples», porque los ataques rusos se están realizando de forma sincronizada y en secuencia. Eso quiere decir que un dron abre camino con material incendiario e inmediatamente después otro impacta sobre el objetivo con la carga explosiva. «Nosotros apostamos por salvar vidas. De hecho, trabajamos en el mundo de la construcción para parar lo que caiga y conseguir ese objetivo, no en recoger cadáveres de las obras. Lo importante es la absorción de energía de las redes, por eso investigamos los materiales, los sistemas de anclaje y los pesos que pueden soportar. Ya que no podemos parar la guerra, por desgracia, que por lo menos la población sufra lo mínimo posible. Nosotros no somos del Real Madrid, Barcelona, Valencia o Elche, vendemos a todos los clubes que quieran nuestras redes para sus porterías y, de la misma forma, a todos los países que quieran salvar vidas. Ojalá nos pidiesen más y no nos pusieran trabas en Rusia, porque se trata de, repito, salvar vidas», concluye Antón.
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