Rajoy y los dos grandes pactos de Estado de nuestra democracia
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May 23, 2026
Un día como hoy de 2014 se decidió que el 2 de junio iba a ser el día de comunicar la abdicación del Rey Juan Carlos I en favor de su hijo, Felipe VI. El presidente del Gobierno era Mariano Rajoy. Desde la recuperación de la democracia se han dado en España dos -y sólo dos- grandes pactos de Estado: el de la abdicación de Don Juan Carlos y la aplicación del artículo 155 de la Constitución tras la declaración de independencia del Parlamento de Cataluña. Los dos acuerdos los alcanzó el presidente Rajoy con el Partido Socialista, liderado en el caso de abdicación por Alfredo Pérez Rubalcaba, y en el caso de la suspensión de la autonomía catalana, por el actual presidente, Pedro Sánchez. El relato español encumbra y descabalga a los líderes según la furia del momento, pero el presidente más político de nuestra democracia, al que más debemos que nuestra nación conserve su forma e integridad, es Mariano Rajoy. Si no hubiera entendido la necesidad de la abdicación, y la caricatura de sus detractores hubiera sido cierta -la de no hacer nunca nada-, Don Juan Carlos habría seguido unos meses más en el trono pero hoy España no sería una monarquía, y tal vez no sería ni España. Si el presidente Rajoy no hubiera aplicado el artículo 155, y no lo hubiera hecho en aquel momento, y de aquella manera, y habiéndolo pactado con el PSOE, el independentismo habría su oportunidad real, aunque es cierto que dadas las características políticas e intelectuales de sus líderes, es muy probable que también las hubiera desaprovechado, como el resto del largo, tedioso e inútil 'procés'. El presidente Rajoy consiguió detener el golpe, hacerlo sin un gramo más de la fuerza estrictamente necesaria, y sin que ni un solo país extranjero le reprochara, ni siquiera le cuestionara, una decisión tan insólita y dura como intervenir un Gobierno autonómico en una democracia avanzada. Felipe González -entre otras personalidades- ha dicho con posterioridad que de haber estado él al mando, habría suspendido la autonomía antes, cuando el Parlament aprobó las ilegales leyes de desconexión. Desde luego fue un asunto grave, y más que grave, delirante, pero sabiendo que el partido no sólo se jugaba en España, y para los españoles; y que el Gobierno necesitaba el apoyo inequívoco de una Unión Europea que, en los últimos tiempos, ha dado no pocas muestras de relativismo y de buenismo, y de elegir las batallas equivocadas, probablemente fue mejor idea esperar a tomar una medida tan drástica. A fin de cuentas, las 'leyes de desconexión' nadie sabe qué son. En cambio, algo tan inequívoco y comprensible como una declaración de independencia no deja margen a nadie para interpretaciones paralelas. Que el presidente Rajoy tuviera la inteligencia política, y la prudencia, de pactar la medida con los socialistas, y no la tentación de llevarla a cabo en solitario, evitó un perjudicial debate nacional al respecto y fortaleció la posición del Estado para repeler y sofocar el ataque.Otros presidentes que hoy se presentan como la salvaguarda de las esencias de España, pusieron en su momento la semilla de lo que luego hizo posible el desafío, con sensibles concesiones económicas, policiales y estructurales, a cambio de los apoyos parlamentarios que necesitaban para alcanzar y mantenerse en el poder. Los relatos son importantes y más en nuestra era. Pero los Estados los sostienen líderes valientes, prudentes, que dejan para otros la gesticulación, la vanidad y las tentaciones mesiánicas, y que hacen lo que tienen que hacer cuando están al cargo, en lugar de hacer tremendismo patriotero a pelota pasada, y lo que dicen y hacen no importa a nadie.
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