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"textContent": "Ya nadie juega al mus. O al menos como se jugaba antes, con tapete verde, baraja sobada y una llamada que era una orden de movilización: «Faltan dos para un mus». Uno lo oía, abandonaba cualquier obligación doméstica con la disciplina de un reservista y bajaba al bar dispuesto a entregar las siguientes horas al cálculo, la amistad y la mentira. Sobre todo, a la mentira, que en el mus del castellano no es defecto, sino una de las bellas artes. Había en aquellas mesas solemnidad de casino pobre: ceniceros llenos, camareros cómplices y unos orujos caseros que, vistos hoy por un inspector de Sanidad, llevarían al tabernero a la cárcel. Y con razón. El mus era una forma de estar en el mundo. Se aprendía más sobre el carácter español ahí que en muchos congresos de sociología: la fanfarronería, la cobardía disfrazada de prudencia, la temeridad, el orgullo, la obediencia al compañero, la sospecha permanente y esa tendencia a convertir cualquier trámite en guerra civil.Cada grupo tenía sus fueros, sus excepciones y sus supersticiones: «Cuatro de cuarenta, al mejor de tres, vale la real con figura». Nadie necesitaba explicarlo demasiado porque las partidas, como las familias de antes, funcionaban por tradición oral. Así que tú te sentabas y heredabas un código. Y algunas frases eran mandamientos. «Tú lo que yo», que contiene más liderazgo que algunos consejos de ministros. «Si llevas, llevo», resumen de la confianza temeraria. «A la mano con un pimiento», greguería de taberna. Y luego ese «ponte» que pronunciaba el compañero con autoridad de capitán de navío y al que uno obedecía con la ruina entre los dedos. Pero lo más impresionante era la velocidad mental. Gente que jamás logró resolver una ecuación de segundo grado sumaba piedras con la precisión de un interventor del Estado: «Dos de grande, chica en paso, cuatro de pares, tres de 'la una' y dos de tu juego, doce. Con tres quince. Métete». Todo en décimas de segundo, entre humo, risas y miradas de Western. Si aquella capacidad aritmética se hubiera empleado en la contabilidad nacional, creo que hoy España tendría superávit.Pero nada parecido a la épica de ganar a los amigos. Ni ascensos profesionales, ni elogios públicos, ni pequeñas vanidades: derrotar a un amigo al mus producía una felicidad primitiva, casi indecente. Después los perdedores pagaban y los ganadores, por elegancia, invitaban a otra ronda. Y así se entraba en una espiral interminable, de análisis táctico y alcohol razonable que terminaba con cuatro tipos reconstruyendo la partida como si hubieran estado en Waterloo. Pero aquello se fue apagando. Primero desapareció el tabaco en los bares, y con él una parte decisiva del ecosistema. Porque el mus exigía pausa y encierro en un universo propio. Salir a fumar a la calle rompía la cadencia y jugar en una terraza implicaba exponerse al viento, a los curiosos y a una intemperie que desnaturaliza las conspiraciones. Pero jugar en casa daba pie a negociaciones matrimoniales de pronóstico complicado. Para rematar, llegaron los móviles y fue peor. Porque no se puede jugar al mus con cuatro teléfonos vibrando sobre la mesa. El mus requiere una entrega monástica y, por eso, ya es una patria perdida. No porque falten cartas, ni bares, ni amigos. Lo que falta es tiempo, continuidad y esa disposición a perder una tarde entera.Yo todavía sueño con una partida interminable, sin notificaciones, sin prisa y buenos amigos al otro lado. Una de esas partidas que acaban 4-3, 3-4 y 4-3, con cada juego decidido por una mísera piedra, como si Sinner y Alcaraz hubieran decidido jugarse Wimbledon en una tasca. Sueño con volver a sentarme y mirar las cartas con la única ayuda de una banqueta de apoyo y cuatro señas que ni siquiera hacía falta dar. Porque desde el primer momento todos sabíamos qué cartas llevaba cada uno. Así en el mus como en la vida.",
"title": "Sueño con una partida"
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