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  "textContent": "Farruquito, el artista, trae todas las luces de los que bailan porque sí, como un premio o una condena, bajo ese arte dificilísimo de la naturalidad, que acaso sea el más engañoso de cuantos habitan en un escenario. Se acaba de estrenar una película documental, 'Serás Farruquito' , que es un retrato fabuloso del talento de Juan Manuel Fernández Montoya, pero incluyendo la astronomía única de su familia gitana, que es arterial en el baile flamenco. La firman Santi Aguado y Reuben Atlas. Sale uno con 'jet lag' de esta película, zarandeado por el demonio de la belleza, para muchas horas.Hay quienes aprenden a bailar y quienes llevan el don mitológico del baile al baile, como es el caso. Farruquito, con cuatro años, ya era un titán del talento. Llevó siempre dentro la sintaxis trágica del flamenco, esa gramática que no acepta imposturas y que castiga, con una crueldad muy española, toda afectación innecesaria. Usa la precisión del desmelene, cuando toca, y luego una elegancia casi imposible, porque bailar es desampararse, vagabundear por el destrozo. Farruquito domina ese equilibrio demenciado, entre el arrebato y el compás. Tiene la rabia cuando la rabia hace falta, pero también el gobierno del cuerpo, que distingue a los grandes. Nunca busca la ocurrencia, ni siquiera el efecto, sólo la autoridad ante el precipicio de la soleá, que decía su abuelo ilustre. Y el precipicio de la soleá es uno mismo.Viene de estirpe bailaora , naturalmente. En el flamenco, la herencia es apenas una hipótesis. Hay apellidos que pesan como coronas y otros que terminan pesando como lápidas. Él ha habitado el suyo. Viene del sur, pero también del sur interior. Sobre todo, del sur interior. Hablamos de ese territorio de hondura donde el flamenco no es un repertorio ni un oficio, sino una forma de gravitación, una destreza de la herida. Nunca se alejó de la tradición de la pureza, pero a ese credo le ha ido bordando una imaginación propia, guiada más por intuiciones personales que por los dictados alegres de la moda.Farruquito se ciñe al baile. Desoye las movidas fashion y otros alardes atuendarios que pretenden la fama antes que el arteJoaquín Cortés convirtió el escenario en una plataforma de irradiación física, casi pop. Aupó una conquista internacional desde el virtuosismo, la velocidad, el magnetismo de estrella. Antonio Gades representó otra cosa: la geometría, el rigor, la depuración casi ascética de un baile concebido también como dramaturgia moral. Cada gesto suyo parecía responder a una idea superior del orden. Rafael Amargo optó por una teatralidad más híbrida, más deliberadamente excesiva, donde el flamenco dialogaba con otras estéticas y donde el gesto no temía contaminarse de espectáculo, imagen o provocación. Farruquito no pertenece exactamente a ninguna de esas familias. O pertenece, si se quiere, a una más antigua. No parece interesado en la internacionalización del icono, ni en la construcción coreográfica como manifiesto intelectual, ni en la provocación estética como programa. Se ciñe al baile. Desoye las movidas fashion y otros alardes atuendarios que pretenden la fama antes que el arte.En él persiste la convicción casi austera de que el centro del milagro sigue estando en el cuerpo, en el lenguaje del cuerpo. Y eso no significa conservadurismo, como a veces se interpreta con pereza urgente. Habita la tradición sin ansiedad por justificarla. Mientras otros bailaores parecen decir «mirad lo que soy capaz de hacer», Farruquito transmite algo más inquietante: «Esto ocurre porque no puede ocurrir de otro modo». Esa sensación de inevitabilidad es el privilegio de pocos. Frente a cierta tendencia contemporánea que busca el flamenco como una suma de declaraciones estéticas, Farruquito cuida y prestigia una cualidad cada día más rara: la autenticidad sin exhibicionismo. El suyo no es un baile que reclame interpretación previa. No exige aparato teórico. No necesita explicarse. Basta verlo.",
  "title": "Farruquito, ante el precipicio de sí mismo"
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