Montero, evidentemente...
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May 15, 2026
Los 'monterólogos' que han tenido la santa paciencia de escucharla horas y horas, tienen observado que cuando María Jesús Montero comienza a recurrir a los adverbios (francamente, contundentemente...) su discurso termina desquiciado, en las antípodas de la sensatez, el tino y el sosiego, como si toda su mente se quedara anclado en ese sufijo. Los adverbios por lo común valen para modificar el verbo o un adjetivo, pero si ella los utiliza se llevan por delante la frase entera y hasta la idea. Esos 'monterólogos' asocian el fulgurante recorrido de su carrera más al arriquitaun folclórico que le viene de serie, de cuna, que a un valor político ascendente adquirido en una trayectoria de un cuarto de siglo en la cosa pública. Por eso no les han extrañado los tropiezos a lo largo de la quincena previa a las urnas andaluzas, patinazos clamorosos, de época, de esos que se llevan por delante, a un tiempo, una campaña electoral, el prestigio político y el personal, si es que lo hubiera o hubiese. Un resbalón cada tres días, viene siendo su media, y así no hay manera. No hay manera porque su extrema locuacidad es directamente proporcional a su capacidad para adentrarse en un laberinto de palabras a las que es difícil encontrar sentido. Sucedió con la ocurrencia de «la ley de lenguas andaluzas», que a lo mejor se le pegó al paladar el regusto de lo identitario por tantas mercedes y canonjías que les concedió a los nacional-independentistas catalanes como ministra de Hacienda. Las carcajadas de los filólogos se escuchan desde el cabo de Gata a Isla Cristina, de Despeñaperros a Tarifa. Tan rápido habla, con tal velocidad, que es como si ametrallase las palabras, lanzando ráfagas de confusos sintagmas que fusilan el entendimiento. No es extraño que le salga un «enfermos mentales» cuando se refiere a la discapacidad intelectual o que se trabuque diciendo –en el último debate de los candidatos rivales– que «nunca habría hecho una financiación que beneficiase a Andalucía». ¡Ole! Pero nada como calificar de «accidente laboral» la muerte de Jerónimo y Germán cuando perseguían a una narcolancha frente a las costas de Huelva. «Accidente laboral», lo repitió para que quedase claro que pensaba que eran gajes del oficio, como el albañil que se cae de un andamio, lo que de paso venía a eximir a los narcos de responsabilidad en la muerte de los guardias civiles. Quizás ahí cavara un par de paladas más a su futuro político, que ya era incierto y feneciente con la estrategia de Sánchez de mandar a sus ministros a pegársela a las autonómicas. Que se lo digan a Alegría.En vísperas del comienzo de la campaña, Montero se autocalificó como «la mujer con más poder en el conjunto de la democracia», lo que dice más bien poco de nuestra democracia... evidentemente.
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