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Científicos españoles descubren una segunda 'herida' en el campo magnético terrestre

ABC - Últimas noticias de España y el mundo hoy [Unofficial] May 4, 2026
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Desde hace décadas, los científicos observan con inquietud un extraño fenómeno que tiene lugar sobre nuestras cabezas. Conocido como ' Anomalía del Atlántico Sur ' (AAS) se trata, en esencia, de una vasta región donde el campo magnético terrestre, el escudo invisible que nos protege de la letal radiación cósmica y los vientos solares, está peligrosamente debilitado. Esta 'abolladura' magnética cubre una inmensa zona que se extiende desde Sudamérica hasta el océano Atlántico austral y el suroeste de África.Los datos recopilados por los últimos estudios son reveladores. En los últimos 200 años, el campo magnético ha perdido alrededor de un 9% de su fuerza en términos globales. Y en el corazón de esta anomalía, la caída es aún más drástica: entre 1970 y 2020, la fuerza mínima del campo se desplomó de 24.000 a 22.000 nanoteslas. Al mismo tiempo, esta región de baja intensidad magnética ha ido creciendo y desplazándose hacia el oeste a un ritmo de unos 20 kilómetros por año. Las recientes imágenes obtenidas por la constelación de satélites Swarm de la Agencia Espacial Europea (ESA) muestran, además, que la anomalía parece estar a punto de dividirse en dos células diferenciadas.Esta debilidad magnética ya está causando más de un quebradero de cabeza. Las agencias espaciales, por ejemplo, saben que cuando los satélites atraviesan esta zona están mucho más expuestos a las partículas cargadas del espacio, sufriendo cortocircuitos y fallos técnicos. Pero la mayor preocupación era que este fenómeno fuera el preludio de una inminente inversión de los polos magnéticos de la Tierra. Extremo que fue desmentido en 2022 por un equipo de investigadores de Suecia y Estados Unidos.Una segunda anomalíaAhora, un nuevo estudio recién publicado en ' Proceedings of the National Academy of Sciences ' (PNAS) acaba de arrojar nueva luz sobre este enigma geológico. Y es que, al parecer, la Anomalía del Atlántico Sur no es un evento único, sino un proceso geomagnético recurrente.Para llegar a esta conclusión, un equipo de investigadores del Instituto de Geociencias (CSIC-UCM), liderados por Miriam Gómez-Paccard y F. Javier Pavón Carrasco, reconstruyeron la historia del campo geomagnético en Sudamérica durante los últimos 2.000 años. Y dado que en el pasado no había satélites, el equipo recurrió a una técnica sorprendente: el arqueomagnetismo.«Para estudiar el campo magnético muy atrás en el tiempo —explica a ABC Miriam Gómez-Paccard, primera firmante del artículo— hace falta recurrir al paleomagnetismo y en mi caso yo me dedico al arqueomagnetismo». Es decir, un método que no analiza rocas de hace millones de años, sino que se aplica a «estructuras arqueológicas y objetos arqueológicos que tienen arcillas en su interior, básicamente cerámicas y hornos arqueológicos y que se han calentado en tiempos mucho más recientes».Del mismo modo que las rocas, señala la investigadora, también estas arcillas «retienen una señal magnética porque tienen óxidos de hierro y al enfriarse esa señal magnética queda impresa». De este modo, estudiando fragmentos cerámicos datados por carbono 14 y correspondientes al primer milenio antes de Cristo y a los primeros siglos de nuestra era, los investigadores pudieron 'leer' el registro magnético oculto en el barro cocido.El hallazgo refuerza la idea de que el magnetismo terrestre sufre también la influencia del manto profundo por gigantescas masas de roca densaLos datos revelan que la intensidad del campo magnético terrestre en Sudamérica fue menor que la de Europa durante el periodo del estudio. Pero lo más asombroso fue descubrir una anomalía casi idéntica a la actual y que ya existía hace casi dos milenios en otro punto del planeta. Una anomalía de baja intensidad que, en palabras de Gómez-Paccard «se movió desde el Océano Índico a Sudamérica entre el año 1 y el 850 d.C., siguiendo una trayectoria similar a la de la actual anomalía del Atlántico Sur». Esa 'otra' anomalía nació en el océano Índico, pero luego se fue moviendo hacia África y llegó hasta donde se encuentra la actual anomalía del Atlántico Sur.Un origen inciertoEl hecho de que la Anomalía del Atlántico Sur no sea única, significa que nuestro planeta ya se ha enfrentado más de una vez (y ha sobrevivido), a eventos similares, es decir, que estamos ante algo estructural. «Lo que hemos encontrado —dice la investigadora— es un fenómeno similar al actual. Y eso quiere decir que hay 'algo' que hace que el fenómeno se repita de forma recurrente y siempre en el hemisferio sur». Algo, sí, pero ¿qué?«Hasta hace no muchos años —prosigue Gómez-Paccard— en geofísica tratábamos el campo magnético como un producto del movimiento del núcleo externo del planeta. Y ahora lo que está en debate es que haya algo más». Ese 'algo más' podría venir también del núcleo interno sólido, o quizá de los dominios más profundos del manto terrestre. Es algo que, por ahora, no se sabe con certeza.A pesar de ello, muchas sospechas recaen sobre dos gigantescas estructuras subterráneas, conocidas como Grandes Provincias de Baja Velocidad Sísmica (LLSVPs, por sus siglas en inglés). Se trata de dos masas gigantes de roca, hundidas a miles de kilómetros de profundidad justo debajo de África y del Océano Pacífico. Tienen el tamaño de continentes y están hechas de materiales mucho más densos que los del manto a su alrededor. Ambas, además, son lo suficientemente grandes para generar sus propias perturbaciones en la magnetosfera.Algunos estudios anteriores, entre ellos uno que mereció la portada de 'Nature' en noviembre de 2023, sugieren que estas enormes masas enterradas en el interior de nuestro mundo son ni más ni menos que los restos del protoplaneta Theia , que chocó contra la Tierra hace 4.500 millones de años para formar la Luna.Para Gómez-Paccard, lo que parece claro, independientemente de su origen extraterrestre o no, es que son «zonas donde las características térmicas y la composición son distintas a las del manto que las rodea. E imaginamos que pueden ser como grandes zonas capaces de canalizar el magnetismo del planeta».Podrían ser muy antiguasLa existencia de antiguas anomalías magnéticas no es del todo nueva en geología. Investigadores de la Universidad de Liverpool, en efecto, hallaron en 2020 evidencias en lavas volcánicas de la Isla de Santa Elena que apuntan a que el Atlántico Sur ya experimentaba anomalías de este tipo hace entre 8 y 11 millones de años . Lo que el trabajo de Gómez-Paccard y su equipo aporta es, por primera vez, el detalle a escala de siglos y milenios, el eslabón perdido entre los millones de años y la actualidad. «Al estar en una escala de tiempo intermedia entre esos millones de años y la actual —afirma la investigadora—, lo que podemos ver por primera vez es cómo se mueve esta anomalía en una escala de siglos o milenios».¿Debemos preocuparnos?Ante la inevitable pregunta sobre si esta continua disminución del campo magnético nos dejará indefensos o si el planeta se asoma a una inversión de polos, Gómez-Paccard es categórica: «El escudo va disminuyendo, sí. Lo que pasa es que solo son eso, disminuciones, lo cual no quiere decir que en un futuro próximo vaya a haber una inversión de los polos magnéticos».Los efectos, por tanto, se limitarán principalmente a nuestras tecnologías modernas. Está ocurriendo lo mismo que hace 2.000 años, solo que entonces no había satélites GPS que pudieran sufrir un apagón. «Los satélites —explica Gómez-Paccard—, cuando viajan por allí, van más protegidos y puede haber algún problema eléctrico, aunque nada catastrófico».MÁS INFORMACIÓN noticia Si Investigadores españoles descubren un 'ecosistema extraterrestre' en el océano profundo de Chile noticia Si La cremallera, el invento del que todos se rieron y que salvó vidas en la Segunda Guerra MundialNos enfrentamos, en definitiva, a un rompecabezas colosal donde las diminutas vasijas de arcilla de nuestros ancestros nos están enseñando a leer las dinámicas más inalcanzables del centro de la Tierra. El escudo magnético respira, cambia y tiene cicatrices, y la Anomalía del Atlántico Sur es solo una de ellas, el latido profundo y recurrente de un planeta que está asombrosamente vivo.

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