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"textContent": "«Cuando Marcus murió, yo también morí por dentro». La frase, pronunciada por Wendy Duffy antes de viajar a Basilea para morir, resume con crudeza una historia que ha sacudido el debate británico sobre la muerte asistida más allá de los márgenes de la discusión parlamentaria. Duffy tenía 56 años, vivía en West Midlands, había trabajado como cuidadora y no padecía ninguna enfermedad terminal. Su única dolencia, era un duelo insoportable.Su hijo Marcus murió en 2022, con 23 años, después de atragantarse mientras dormía en el sofá tras comer un sándwich. Ella intentó reanimarlo, pasó cinco días junto a él en el hospital y, desde entonces, según explicó en varias entrevistas, su vida quedó suspendida en el vacío. «No me importa nada ya. Existo. No vivo», declaró a la emisora británica LBC. En esa misma conversación añadió que «en mi lecho de muerte llevaré su camiseta, que todavía huele a él».Durante meses preparó su viaje a Suiza. Había decidido la música que escucharía en sus últimos minutos, «Lady Gaga y Bruno Mars cantando Die With a Smile», explicó, redactó cartas para sus familiares, que respetaron su decisión, y dejó instrucciones precisas sobre sus cenizas, que debían ser esparcidas junto al banco conmemorativo de su hijo, donde se sentaban a conversar por las tardes.Noticia relacionada general No No Cronología del 'caso Noelia': una batalla legal de dos años para lograr la eutanasia Isabel MirandaEl pasado 24 de abril murió en la clínica Pegasos, en Basilea, Suiza donde el suicidio asistido es legal bajo determinadas condiciones , incluso en casos que no implican enfermedad terminal, siempre que exista una evaluación de capacidad mental y una persistencia acreditada del deseo de morir.La historia adquirió una dimensión nacional porque coincidió con el bloqueo parlamentario del Terminally Ill Adults (End of Life) Bill, el proyecto legislativo que pretendía regular la muerte asistida en Inglaterra y Gales para adultos con enfermedades terminales y menos de seis meses de esperanza de vida. El texto, impulsado por la diputada laborista Kim Leadbeater, establecía controles médicos, revisión judicial y la exigencia de plena capacidad mental.Sin embargo, el caso de Wendy Duffy habría quedado fuera de ese marco, ya que la discusión en su caso no se trataba sobre dolor o sufrimiento físico irreversible, sino sobre una mujer físicamente sana cuya voluntad de morir nacía de un intenso sufrimiento psíquico.Intento de suicidio previo«Mi vida, mi elección», declaró a la prensa británica, y añadió que «ojalá esto estuviera disponible en Reino Unido, así no tendría que ir a Suiza». Wendy Duffy había intentado suicidarse años antes, en un episodio que, según relató ella misma, estuvo cerca de dejarla en estado vegetativo. Por eso, en otra entrevista explicó por qué rechazaba repetir una tentativa de ese tipo y defendía en cambio una muerte asistida y supervisada: «Podría tirarme de un puente o de un edificio, pero eso dejaría a quien me encontrara con eso para el resto de su vida. No quiero hacer pasar a nadie por eso».La organización Dignity in Dying, una de las plataformas más activas a favor de la legalización, sostiene desde hace años que la legislación británica actual es «cruel y desfasada», porque obliga a personas con un sufrimiento irreversible a elegir entre la clandestinidad, el suicido en solitario o el exilio médico hacia Suiza. Su posición se apoya en la premisa de que si una persona mentalmente competente y con una voluntad sostenida desea decidir el final de su vida, el Estado no debería impedirlo.Kim Leadbeater ha defendido públicamente esa misma lógica en Westminster. Según declaró durante el debate parlamentario, «esta ley trata sobre elección, dignidad y compasión», y no sobre una obligación de morir. Su defensa insistía en que la prohibición no elimina el sufrimiento, sino que lo desplaza hacia decisiones más traumáticas, más desiguales y menos supervisadas.También la escritora británica Esther Rantzen, diagnosticada con cáncer terminal y una de las voces más visibles a favor del cambio legal, había declarado a la BBC que «no quiero que mi familia tenga que arriesgarse a ser procesada por ayudarme», poniendo así sobre la mesa el peso emocional y penal que recae sobre los familiares.Sin ninguna enfermedadPero el caso Duffy introdujo una objeción todavía más compleja, porque no existía una enfermedad terminal. No tenía cáncer, ni ELA, ni un deterioro degenerativo irreversible.Los críticos de la legalización sostienen que, precisamente, casos como el suyo demuestran el peligro de ampliar la norma. Si una persona físicamente sana puede ser aceptada para morir por sufrimiento psicológico, se preguntan dónde termina la frontera entre la autonomía y el abandono institucional.La organización Care Not Killing, una de las principales voces contrarias a la eutanasia y al suicidio asistido en Reino Unido, ha insistido en que la respuesta correcta no es facilitar la muerte, sino «reforzar la atención psiquiátrica, los cuidados paliativos y la red pública de acompañamiento».El fundador de la clínica Pegasos, Ruedi Habegger, defendió públicamente el procedimiento tras la muerte de esta madre. «Puedo confirmar que Wendy Duffy, a petición propia, fue asistida para morir el 24 de abril», declaró, y explicó que «era un caso de «sane suicide», que puede traducirse como «suicidio cuerdo» o «suicidio racional» y que se refiere a una decisión racional, consciente y persistente, no impulsiva ni derivada de incapacidad mental. Pegasos insistió en que ni la clínica ni los profesionales que evaluaron su caso tuvieron «ninguna duda» sobre su capacidad de decisión ni sobre la firmeza de su voluntad.¿Es una decisión racional? Precisamente ahí se concentra buena parte del conflicto ético. Para muchos psiquiatras y especialistas en prevención del suicidio, considerar racional una decisión nacida de un duelo devastador plantea una cuestión profundamente delicada. La psiquiatría reconoce hoy el trastorno de duelo prolongado como una condición clínica grave, pero no existe consenso internacional sobre si ese sufrimiento puede justificar legalmente una muerte asistida.También existe una dimensión económica, ya que morir en Suiza cuesta dinero. Distintos medios británicos situaron el coste del proceso de Wendy Duffy en torno a las 10.000 libras, unos 11.500 euros, una cifra que aumenta al sumar desplazamientos, alojamiento, gestiones legales y servicios funerarios.",
"title": "¿Es lícita la eutanasia de una madre en pleno duelo por la muerte de su hijo? Suiza cree que sí"
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