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  "textContent": "A mediados de 2024, Elisa ya no creía tener más opciones. No veía alternativas en el horizonte. Lo había intentado todo, pero la vida no le había dejado de golpear, de una u otra forma. Tenía prevista una cita con el psiquiatra por una depresión profunda y era consciente de que la acabarían ingresando. Sin embargo, casi de casualidad, encontró en internet varios testimonios de mujeres que, como ella, habían abortado . Eso le acabó abriendo las puertas de la Asociación Provida de Almendralejo-Tierra de Barros. No tenía nada que perder y decidió conocerles. Llegó a su sede nerviosa, sin saber bien a qué se enfrentaba, insegura por creer que podrían juzgarle. Una vez dentro de esa casa antigua de pueblo, de interminables pasillos y techos altos, solo se atrevió a hacer una pregunta: «¿Cuánto tiempo tengo?». Elisa, acostumbrada a las fugaces citas con psicólogos de la sanidad pública, quería saber si tendría tiempo suficiente para contar su historia. «Todo el del mundo», le respondieron. En ese momento, con esa simple respuesta, su vida cambió.Laura Elisa Delgado —aunque prefiere «Elisa», a secas— tiene ahora 30 años. Es natural de un pequeño pueblo de la provincia de Badajoz, Medina de las Torres. Allí vive actualmente con su hija Aitana, de apenas 10 años. Su hija es parte central de la historia. Nació cuando Elisa era muy joven. Tenía 19 años. Un primer embarazo del que su pareja de entonces no se hizo cargo. Se negó a asumir cualquier tipo de relación con la niña, que lleva, de hecho, los dos apellidos de su madre. Noticia relacionada general No No BORRASCA THERESE El Gobierno aprueba la declaración de zona catastrófica en Canarias por la borrasca Therese Laura BautistaComo madre soltera, Elisa intentó buscarse la vida. Casi siempre, lamenta, sin ayuda, más allá de la de su padre, fallecido hace unos meses. Sus relaciones nunca le hicieron la vida más fácil. Más bien al contrario. Tras el nacimiento de su hija, al poco tiempo, se volvió a quedar embarazada en medio de una relación tóxica y decidió interrumpir la gestación. No sería la última vez. En 2020, con la pandemia, aborta hasta en dos ocasiones más. Durante años, su mente justificaba cada interrupción: «Pensaba que todavía no era un bebé, que no tenía otra opción y que ya tenía una hija a la que criar yo sola». El dolor físico pasaba. A veces, más rápido. Otras, de manera más lenta, pero pasaba. El dolor emocional, no: «Conseguía apaciguarlo para seguir viviendo, pero no se iba». Así fue su vida hasta que se produjo el cuarto aborto. Estaba nuevamente embarazada, ahora de otro hombre. Sus anteriores parejas no querían ser padres, pero, en este caso, fue distinto. Le amenazó de muerte a ella y a su familia. Así que no tuvo otra opción. Llegó a la clínica y su mundo se terminó derrumbando por completo. Había tenido siempre, en la conciencia, la sensación de haberse equivocado con sus abortos, pero ahora ya no tenía dudas: «Maté a mis hijos». Ese pensamiento que había estado en segundo plano, lo ocupaba todo. Lo ocupaba y lo ocupa, porque, en una charla de una hora, lo repite en incontables ocasiones. «Cuando vas a abortar, pierdes el nombre, no eres más que un número»Era la cuarta vez que Elisa emprendía el mismo proceso. Su manera de describir lo que sentía en aquella sala es realmente gráfica: «Cuando vas a abortar pierdes el nombre. Ya no eres nadie. Eres un número. Te llaman, firmas los papeles, te hacen las ecografías sin ninguna explicación y te tumban en una sala con varias camas». Recuerda con especial dolor aquella última vez: «Lloraba tanto que una enfermera me preguntó si quería pensármelo, pero vino otra y le dio un codazo a su compañera, al tiempo que le susurraba que ya le había dado la pastilla para empezar el proceso». Al salir, dice recordar cómo cayó en brazos de su padre, desconsolada: «Creo que traumaticé a toda la sala».Después, llegó la depresión profunda. La sanidad pública tardó más de ocho meses en darle una cita con el psicólogo y más de año y medio con un psiquiatra. Mientras, su médica de cabecera le recetaba ansiolíticos. Cuenta que su recorrido por el Servicio Extremeño de Salud fue un suplicio. Recuerda cómo el primer psicólogo que la atendió le dijo que percibía en ella ganas de ser madre y le sugirió que podría hacerlo en el sistema sanitario «sin la necesidad de un hombre»: «Me quedé en shock, me rompió, yo lloraba por la muerte de mis hijos». Elisa, en la sede de la asociación provida que le ha acompañado A.GEn la sede de Provida encontró algo distinto. Allí se sintió escuchada por primera vez, sin ser juzgada. Pudo hablar durante horas con Guadalupe, la presidenta, y María Cinta, la vicepresidenta. Ambas son parte fundamental en el día a día de la asociación. Casi desde un primer momento, además de brindarle su ayuda, la pusieron en contacto con el Proyecto Raquel, una iniciativa de la Iglesia Católica para dar acompañamiento post-aborto: «Me trataron con respeto, me recibieron con un paquete de pañuelos, me escucharon». Elisa logró, poco a poco, empezar a hablar de «la muerte de sus hijos». No por un arrebato religioso repentino, explica. Ella siempre había tenido fe, pero, al fin, tenía toda una información de la que antes no disponía.«Tras el aborto, muchas mujeres viven en una especie de violencia de género no reconocida en ningún sitio. Muchas no remontan nunca» Guadalupe, pta. asociación providaJunto a Elisa, rodeando una mesa camilla, están las ya mencionadas Guadalupe y Cinta, además de Alberto, marido de la segunda y tesorero de la asociación. Cuando ellos hablan de la historia de Elisa, no lo hacen reivindicando una victoria personal. Van mucho más allá. Llevan desde 2009 atendiendo más de 500 casos, solo en la comarca pacense de Tierra de Barros. Actualmente, acompañan a más de 25 familias. Ofrecen ropa donada, alimentos, orientación legal, acompañamiento a juicios y, sobre todo, tiempo. Guadalupe, la presidenta, repite continuamente que ellos no están «en contra de nadie»: «Estamos a favor de la vida, desde la concepción hasta la muerte natural». Entiende que la situación post-aborto en la que quedan muchas mujeres es una especie de «violencia de género no reconocida en ningún sitio». Cinta recuerda los muchos casos de mujeres a las que han atendido tras abortar, mientras señala un mural con fotos de las familias que han conocido en el camino: «No remontan durante años, muchas no remontan nunca». En la asociación dicen sentirse señalados socialmente. Creen que se les apunta con el dedo: «Si lo que Elisa cuenta, lo contase en otro sitio, habría alguien que le diría que los provida le han comido el tarro, cuando lo único que hicimos aquella tarde fue escucharla». Como cuenta Alberto, hay mujeres que han llegado a su sede «en 3 o 4 ocasiones»: «Hemos tenido chicas que han intentado abortar, las hemos ayudado y cuando han vuelto a quedar embarazadas ya ni les ha pasado por la imaginación, han venido a nosotros directamente».Sola, sin ayudas, sin apoyoLo que cuentan los cuatro se resume en un sencillo ejemplo. En la propia entrevista, de hecho. Medina de las Torres está a 50 kilómetros de Almendralejo. Elisa no puede salir de su pueblo si no es por Alberto, el tesorero de la asociación. Ha perdido el coche. No cobra ni un solo euro en ayudas desde el pasado mes de octubre, ella y su hija viven de Cáritas. Le dieron el alta, según ella, de manera indebida y afronta un juicio, también de la mano y con el apoyo de la asociación: «Ellos me han dado una fuerza que no se puede explicar con palabras». Admite que llegó a pensar en el suicidio, pero ha conseguido, poco a poco, empezar a mirar al futuro. Emocionada, reconoce que su destino habría sido otro de no conocer la asociación: «Si no les hubiera conocido, no estaría viva». En Medina de las Torres, apenas viven unos 1.300 vecinos. Nadie -o casi nadie- conocía la historia de Elisa. Nadie sabía nada de los abortos. Y, los pocos que lo sabían, no llegaron nunca a comprenderla del todo: «Te preguntan si piensas estar así toda la vida. No entienden que quienes abortamos no somos personas normales. Yo he matado a mis hijos. ¿Cómo te recuperas de eso?». Es difícil ver o imaginar, lo que transmiten unos ojos, lo que transmite una mirada perdida y llena de dolor, que quiere mirar, al fin, al horizonte. Con un corazón «hecho añicos», pero, ahora, sostenido por más manos que nunca. Un corazón que, por encima de todo, vive.",
  "title": "Elisa y el silencio que dejan cuatro abortos: «He matado a mis hijos»"
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