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La disputada paternidad del héroe del neceser

ABC - Últimas noticias de España y el mundo hoy [Unofficial] April 13, 2026
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No hace ruido, no tiene prestigio y rara vez protagoniza conversaciones. Sin embargo, el cortaúñas ha sido durante décadas uno de los inventos más eficaces de la vida doméstica. Cabe en un bolsillo, resuelve un problema universal y, como ocurre con tantas grandes soluciones, su éxito ha consistido precisamente en volverse invisible. Lo usamos sin pensar, casi sin mirarlo, como si hubiera existido siempre.Sin embargo, no siempre estuvo ahí. Detrás de ese pequeño instrumento de metal hay una historia de ingenio, mejoras sucesivas y una victoria silenciosa de la funcionalidad sobre el adorno. Y es que antes de que el cortaúñas alcanzara su forma actual las uñas se recortaban con cuchillos pequeños, tijeras especiales, limas o, simplemente, herramientas improvisadas.Durante siglos, la manicura y el cuidado de los pies fueron tareas domésticas o artesanales, no industriales, y dependían más del pulso que de la precisión mecánica.Noticia relacionada general No No ciencia por serendipia Todas las casualidades que llevaron a la invención del espejo Pedro GargantillaDe lascas de silex al tonsor romanoEn la Prehistoria cortarse las uñas era un proceso rudimentario y muy poco cómodo, casi siempre improvisado. Nuestros antepasados recurrieron a lo que tenían más a mano, desde piedras talladas hasta lascas de sílex pasando por navajas de hueso o conchas afiladas. Estos objetos servían como versiones primitivas de cuchillas, con las que se rasgaban o quebraban las uñas de los dedos de las manos y de los pies.La operación se realizaba sin diseño ergonómico, guiándose más por la presión y la fuerza que por la precisión. En muchos casos, seguramente, la uña simplemente se mordía o se roía, un gesto instintivo que combinaba necesidad con frustración. En culturas más avanzadas la higiene de uñas fue acompañada del limado con superficies rugosas, como podían ser la arena o las piedras pulidas, reduciendo así los bordes más molestos.Miles de años después, en la Roma antigua, cortarse las uñas dejó de ser un gesto rápido y solitario, como hoy frente al lavabo, para convertirse en una pequeña ceremonia de cuidado personal.Quien podía permitírselo acudía al tonsor, el barbero de confianza, que no solo recortaba el pelo y afeitaba la barba, sino que también se ocupaba de la manicura y la pedicura. En las casas más acomodadas ese trabajo podía hacerse en privado, en el resto de la ciudad, los romanos tenían que acudir a las barberías o, simplemente, buscar un barbero ambulante que realizaba su trabajo en plena calle.La escena tenía una parte de oficio y otra de conversación. Y es que mientras el tonsor trabajaba el cliente esperaba comentando noticias y chismes de barrio. Para recortar las uñas el tonsor usaba pequeñas navajas, cuchillas o unas tenacillas junto con una cuchara curvada, que le ayudaba aa limpiar la suciedad acumulada debajo de ellas.Un invento con varias partidas de nacimientoLa historia del cortaúñas no tiene un único padre claramente reconocido y eso lo hace todavía más interesante. Distintas fuentes sitúan los primeros prototipos modernos en la segunda mitad del siglo XIX. Una patente de 1875, atribuida a Valentine Fogerty, aparece como uno de los antecedentes más citados, aunque su diseño no se parecía del todo al modelo que hoy identificamos como un cortaúñas.Y es que el irlandés Fogerty diseñó un dispositivo de palanca con una hoja o superficie curvada pensada para recortar o limar la uña, una acción más parecida a una lija circular que a la pinza que hoy usamos.Su diseño respondía a un problema muy concreto: lograr un corte más controlado y menos traumático que el de los cuchillos, tijeras o piedras afiladas que se usaban en muchos hogares decimonónicos.La genialidad de Fogerty estuvo en comprender que el corte de la uña no necesitaba una cuchilla plana, sino una superficie curva que se adaptara a la forma del lecho ungueal y que, al presionar, concentrara la fuerza en un punto preciso. Era, en esencia, un primer intento de convertir un gesto brusco en un movimiento mecánico más suave y eficaz.En 1881 los inventores Eugene Heim y Célestin Matz registraron un diseño con una estructura mucho más cercana al cortaúñas actual: dos brazos unidos por un pasador y una pieza que permitía comprimir la cuchilla sobre la uña con un gesto breve y limpio.Ese modelo, además, incorporaba ya rasgos que hoy nos parecen evidentes, como la pequeña anilla. En 1940 William E. Bassett dio un salto clave. Hasta entonces el cortaúñas se fabricaba de forma relativamente artesanal, lo que hacía que el coste fuese elevado, dificultando su expansión masiva. Bassett, aprovechando algunas técnicas de fabricación desarrolladas para componentes de artillería, abarató su producción y perfeccionó el diseño mecánico. Para ello añadió pequeñas puntas o muescas cerca de la base del mango, evitando el deslizamiento lateral de la palanca, reforzando la estabilidad del eje y perfeccionando el apoyo del dedo, de esta forma, consiguió un modelo más cómodo, más fiable y, sobre todo, más accesible.MÁS INFORMACIÓN noticia Si La historia del mando a distancia: de los torpedos de Tesla a la pereza del sofá noticia Si El día que una mosca intrusa cambió la seguridad en carretera para siempreNadie piensa en Valentine Fogerty, en Heim y Matz, ni en Bassett mientras se corta las uñas. Este pequeño adminículo cumple su función en silencio, con tanta discreción que su genialidad sólo se nota cuando falla, cuando se atasca o se desvía, es entonces cuando su ausencia se nos hace insoportable,

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