Marruecos se afianza como socio preferente de EEUU en el Magreb
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June 23, 2026
El nuevo movimiento del Senado de Estados Unidos para reforzar la cooperación con Marruecos vuelve a situar al reino alauí en el centro del tablero geopolítico del Magreb. Bajo el lenguaje de la seguridad, la lucha contra el terrorismo y la contención de la influencia iraní, Washington avanza en una línea que favorece claramente a Rabat y que deja cada vez menos espacio a las reivindicaciones históricas del pueblo saharaui. La iniciativa impulsada por senadores republicanos como Ted Cruz, Tom Cotton y Rick Scott plantea examinar los supuestos vínculos del Frente Polisario con organizaciones vinculadas a Irán y abrir la puerta a sanciones o incluso a una eventual designación terrorista si esos contactos quedaran acreditados. No se trata todavía de una condena automática ni de una resolución definitiva, pero sí de un paso político muy significativo: el conflicto del Sáhara Occidental, tradicionalmente abordado en clave de descolonización y autodeterminación, pasa a enmarcarse cada vez más en la lógica de la seguridad regional. Ese cambio de marco no es inocente. Para Marruecos, constituye una victoria diplomática. Para el Polisario y para quienes defienden el derecho de autodeterminación del pueblo saharaui, supone un nuevo estrechamiento del margen político. Y para España, antigua potencia administradora del territorio, vuelve a abrir una pregunta incómoda: hasta qué punto Occidente está dispuesto a sacrificar principios jurídicos en nombre de la estabilidad, la migración, la energía y las alianzas estratégicas. Marruecos, el socio que todos quieren cuidar Marruecos lleva años consolidándose como socio preferente de Occidente en el norte de África. Lo es para Estados Unidos, pero también para buena parte de la Unión Europea. Rabat ofrece estabilidad política, cooperación en materia migratoria, interlocución en el Sahel, posición geográfica estratégica y una creciente proyección económica hacia África Occidental. En un contexto internacional marcado por la rivalidad con China, la presión rusa en África y el temor a la expansión de redes yihadistas en el Sahel, Washington ve en Marruecos un aliado fiable. Esa lectura explica buena parte del acercamiento. La cooperación militar, la inteligencia, la vigilancia de fronteras, las inversiones en infraestructuras y la transición energética forman parte de una relación que va mucho más allá de la diplomacia tradicional. Pero el precio político de esa alianza es evidente. Cada paso que da Estados Unidos hacia Rabat fortalece indirectamente la posición marroquí sobre el Sáhara Occidental. Desde que Donald Trump reconoció en 2020 la soberanía de Marruecos sobre el territorio, Washington no ha revertido esa decisión. Al contrario, la ha ido consolidando con nuevos gestos, declaraciones y movimientos diplomáticos. La novedad ahora es que el Polisario queda cada vez más asociado, en determinados discursos políticos estadounidenses, a amenazas externas como Irán, Hezbolá o el eje ruso-chino. Ese relato favorece a Marruecos porque desplaza el centro del debate. Ya no se habla tanto de un territorio pendiente de descolonización, ni de una población refugiada, ni de un referéndum prometido durante décadas. Se habla de seguridad, terrorismo, drones, sanciones y geopolítica. El Sáhara desaparece bajo la alfombra de la...
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