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¿Por qué en España nos gusta tanto el 'true crime'?

ElPlural.com - Diario digital progresista [Unofficial] May 20, 2026
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España no ve true crime solo por morbo, aunque el morbo esté ahí, agazapado como un vecino detrás de la mirilla. Lo vemos porque el crimen real nos permite hacer algo muy nuestro, juzgar, sospechar, reconstruir la escena y concluir, con una seguridad bastante peligrosa, que nosotros habríamos visto venir la tragedia antes que nadie. La España que mira por la cerradura Hay países que subliman sus traumas en superhéroes, otros en musicales, otros en comedias románticas donde nadie parece tener hipoteca. España, en cambio, ha encontrado una de sus grandes pasiones contemporáneas en el true crime. Cadáveres, sumarios, audios, contradicciones, madres que no lloran como deberían, amantes que declaran demasiado bien y pueblos enteros convertidos en tribunal de guardia. La pregunta no es por qué nos gustan tanto los crímenes reales. La pregunta incómoda es por qué nos gustan tanto cuando ya sabemos que han sido reales. Ahí está el veneno del género. No estamos viendo una ficción, sino una tragedia con DNI, hemeroteca y familiares que todavía pueden encender la televisión y reconocerse en el dolor. El éxito de El caso Asunta, miniserie de Netflix sobre el asesinato de Asunta Basterra, volvió a demostrar que el crimen español tiene una potencia narrativa particular. No necesita grandes mansiones, asesinos en serie con rituales imposibles ni persecuciones por autopistas americanas. Le basta un colegio, una casa, una carretera secundaria, unos padres adoptivos y una pregunta insoportable. ¿Cómo puede ocurrir algo así dentro de una familia? España es un país muy familiarista, y quizá por eso sus crímenes más mediáticos nos golpean tanto cuando ocurren en el salón de casa. Asunta, los niños de Córdoba, Alcàsser, Diana Quer, Marta del Castillo, el crimen de la Guardia Urbana, Pioz. Son casos que excedieron la sección de sucesos y se instalaron en la conversación nacional como una sobremesa macabra. Nos horrorizan, sí, pero también nos organizan. Durante unos días, todo el mundo sabe qué opinar. El crimen como puzle nacional El true crime funciona porque convierte el caos en relato. Donde la vida ofrece absurdo, el género ofrece estructura. Presentación, sospecha, investigación, giro, juicio, sentencia. Es el crucigrama de la angustia. El espectador no solo mira, participa. Analiza gestos, interpreta silencios, examina declaraciones. Cree estar consumiendo cultura, pero en realidad está jugando a ser juez de instrucción en zapatillas. Por eso triunfan formatos tan distintos. El cuerpo en llamas, también de Netflix, convirtió el crimen de la Guardia Urbana en una ficción de deseo, mentira y fuego. La serie fascinó no solo por el crimen, sino por lo que dejaba ver alrededor. Precariedad emocional, pulsión de poder, machismo, celos, ambición y ese teatro de las apariencias donde todos quieren controlar el relato antes de que el relato los devore. En otro registro, Crims, de Carles Porta, ha construido una forma casi artesanal de contar el delito. Menos chillido, más pausa. Menos circo, más atmósfera. Su éxito demuestra que el público no solo quiere sangre, también quiere narración, contexto, respeto por las víctimas y...

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