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Pablo Stefanoni: “La extrema derecha global es más una comunidad emocional que un proyecto homogéneo”

elDiarioAR.com [Unofficial] May 23, 2026
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El historiador y ensayista analiza el avance de las extremas derechas, la crisis de las izquierdas y el fenómeno Milei como expresión de una época marcada por la batalla cultural, el resentimiento y el desgaste de la democracia liberal. A partir de "Un fantasma recorre el mundo" (Siglo XXI Editores), reflexiona sobre el antiwokismo, el tecnolibertarismo y las nuevas formas de reacción política.

Pablo Stefanoni, historiador, periodista, ensayista argentino, arroja una mirada abarcativa del país y del mundo en sus libros y artículos. Será esa formación y prácticas diversas lo que lo llevan a ir y venir del árbol al bosque con soltura y solidez. Así lo leímos en ¿La rebeldía se volvió de derecha? Cómo el antiprogresismo y la anticorrección política están construyendo un nuevo sentido común (y por qué la izquierda debería tomarlos en serio) y lo comprobamos en su flamante ensayo, uno de los más vendidos por la editorial Siglo XXI en la última Feria del Libro de Buenos Aires, Un fantasma recorre el mundo. Cómo funciona la máquina de guerra reaccionaria (y qué podemos hacer para enfrentarla), en el que va por más.

De Marx a Milei a Elon Musk, de las izquierdas a las extremas derechas, del peronismo a los movimientos antisemitas a los grupos de resistencia, del “wokismo” al genocidio en Gaza, de la batalla cultural a la guerra reaccionaria, Stefanoni analiza la Argentina y el mundo hoy en toda su complejidad. Cada capítulo es ancla y es imán para la lectura: “Diga 22: esto es fascismo”, “Apocalipsis woke. Lo bueno, lo malo, lo intrascendente”, “ Israel über alles : ¿qué significa el hipersionismo de las derechas?” o “Salida. Milei o el libertarismo hidropónico” invitan a la reflexión sin concesiones.

“Hoy la democracia liberal —como institucionalidad y como ideal—, al igual que los derechos sociales, está en crisis, y los socialistas tenemos —o deberíamos tener— algo que decir”, se posiciona el autor en esta entrevista con elDiarioAR. Y lo dice.

Pasen y lean.

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–En Un fantasma recorre el mundo, dialogás con la frase del Manifiesto comunista“Un fantasma recorre Europa”, para hablar de la internacional reaccionaria.

–Hay un cierto juego en el título: sin duda, el fantasma hoy es el de la neorreacción, pero a su vez la extrema derecha agita el fantasma del comunismo como si estuviéramos en plena Guerra Fría.

–Insistís en que la “batalla cultural” es un modo de minimizar la “máquina de guerra reaccionaria”, un concepto mucho más ajustado pero difícil de digerir. ¿Cómo opera hoy esa retórica para disputar la calle y el sentido común?

–La máquina de guerra ideológica reaccionaria contemporánea no es una sala de mandos con un villano al centro apretando botones, –sino algo quizás peor: un ecosistema descentralizado, más o menos articulado, que disputa el sentido común progresista, alimenta y se alimenta de la xenofobia y el racismo, promueve diferentes paranoias y, de manera más amplia, como propone el estadounidense Steve Bannon, “inunda la zona de mierda”. Ese ecosistema puede combinar think tanks más tradicionales, milicias digitales hábiles en el manejo del __ baiteo, influencers , estructuras gubernamentales y tecno-oligarcas que odian la democracia. Sus impulsos vienen de arriba pero también desde abajo. La extrema derecha global opera más como una red de resonancia emocional que como un proyecto homogéneo, de hecho las diferencias entre sus diferentes tendencias y líderes son muy amplias. Las emociones compartidas crean la sensación de un proyecto político común allí donde en verdad no lo hay y los contenidos programáticos sean incluso contradictorios o intercambiables. Basta mirar las diferencias entre Trump y Milei en cuanto a sus políticas.

Stefanoni sostiene que "la máquina de guerra ideológica reaccionaria contemporánea no es una sala de mandos con un villano apretando botones, –sino algo quizás peor: un ecosistema descentralizado, que se alimenta de la xenofobia y el racismo".

–Ponés en cuestión que hoy se hable de un nuevo fascismo, ¿por qué?

–Respecto del fascismo, en el libro trato de pensar por qué nos atrae tanto la idea de encontrar las respuestas a nuestros problemas en la historia del ascenso de Hitler al poder. Sin duda, esa historia es fascinante: exactamente un mes antes de su llegada a la Cancillería, una gran cantidad de analistas y periódicos consideraban a Hitler una suerte de cadáver político y hasta se burlaban de él. Hoy esa historia parece servir de advertencia. Pero si bien conocer la historia es muy importante, pienso que calificar lo que vivimos como fascismo puede iluminar algunos aspectos de las extremas derechas pero oculta otros, sobre todo las novedades. Y confiarnos en que si conocemos la historia no la repetiremos no deja de ser una fantasía, básicamente porque la historia no se va a repetir; los peligros están cargados de novedad.

–¿Cuáles son esas novedades?

–En todo caso, hoy asistimos a una batalla cultural que no se limita a los llamados temas valóricos —feminismo, aborto, derechos LGBT—, sino a la idea misma de sociedad. Por ahora, no obstante, las derechas radicales han sido más eficaces en envenenar la conversación pública, potenciar el resentimiento y dinamitar consensos que parecían establecidos que en construir un nuevo orden. Esto es, en todo caso, una buena noticia. Por otro lado, hasta ahora esas derechas pueden ser vencidas en las urnas —Brasil, Estados Unidos al menos hasta ahora, Polonia, Hungría—, aunque en algunos casos armen insurrecciones de opereta. No es poca cosa.

–Al comienzo de Un fantasma…usás la metáfora de los libertarios y el bitcoin para explicar su salida de internet. ¿Cuál creés que fue el “momento de ruptura” definitivo donde esta subcultura digital se dio cuenta de que podía capturar el poder estatal real?

–Esa fue una imagen que usó un amigo, alguien muy agudo en sus observaciones. En efecto, en 2019 los libertarios eran una tribu urbana que estaba construyendo una identidad alrededor de Milei y los textos de libertarios de derecha como Murray Rothbard. El gran salto adelante fue sin duda en 2021, cuando Milei logró ser elegido diputado junto con Victoria Villarruel. No fue, evidentemente, una adhesión al programa libertario/anarcocapitalista sino a un candidato con tintes antisistema. Pero es cierto que los tópicos que puso en circulación Milei —rechazo a la casta política en un revival del “Que se vayan todos”, reivindicación de la libertad contra el Estado— resonaban en medio del hartazgo social con la clase política y con nuevas sensibilidades antiestado, en un momento en el que el eslogan del “Estado presente” se volvió hueco y la inflación estaba fuera de control. El estilo rockstar de Milei ayudó, obviamente, a construirse como presidenciable. Pero fue el sorpasso al PRO el elemento decisivo para pasar de un tercio de los votos a más del 50%, atrayendo al voto antikirchnerista.

Hoy la democracia liberal —como institucionalidad y como ideal—, al igual que los derechos sociales, está en crisis, y los socialistas tenemos —o deberíamos tener— algo que decir

–Pero hubo un salto cualitativo con la llegada de Milei al poder, ¿no?

–En verdad, no es que esa subcultura se haya expandido hasta conquistar el poder, sino que Milei terminó siendo el “significante vacío”, como diría Ernesto Laclau, que articuló un descontento generalizado. Su llegada a la Casa Rosada incluyó también una gran dosis de suerte en las carambolas políticas; hubo mucha contingencia en todo esto: el apoyo bajo la mesa de Sergio Massa para debilitar al macrismo, la interna feroz del PRO, la mala campaña de Bullrich. Pero, no menos importante, Milei expresó cierto clima de época que no define elecciones pero crea ventanas de oportunidad para figuras grotescas, “raras”. En uno de los prólogos al Dieciocho Brumario , Marx describe “cómo la lucha de clases creó en Francia las circunstancias y las condiciones que permitieron a un personaje mediocre y grotesco representar el papel de héroe”. Marx escribió también que la historia se repite primero como tragedia y luego como farsa, pero en realidad la farsa y la tragedia pueden estar bastante entremezcladas.

–Si la rebeldía se volvió de derecha, como planteaste en tu libro anterior, ¿el camino para las izquierdas va por el lado de la no transgresión? Te lo pregunto pensando en la crítica negativa que hacen algunos sectores progresistas a la “corrección política” (referida a feminismos o DDHH), mientras personajes como Trump o Milei encarnan la incorrección para presentarse como los únicos “antisistema” frente a un progresismo que perciben como elitista.

–Como mencioné en mi libro anterior, la izquierda corre el riesgo de quedar atrapada en una trampa: si el futuro va a ser peor e incluso distópico, nos aferramos al presente e incluso al pasado. A veces, cuando se habla de un mundo basado en reglas, parece haber en ocasiones una añoranza de los años 90 —esos mismos que en su momento consideramos el escenario de imposición del pensamiento único neoliberal—. La izquierda se ve a menudo demasiado antigua, anclada en el pasado, melancólica, quizás con la paradójica excepción de Estados Unidos. Es cierto que hay un problema de excesivo sermoneo, pero creo que el problema principal pasa por cuestiones más materiales, como las económicas. Hay corrientes decrecentistas, abundantistas y discusiones interesantes, pero en el terreno económico la izquierda no es hoy creíble. Por otro lado, la cultura de izquierda, con sus espacios de sociabilidad —locales de partido, instituciones culturales, publicaciones, sindicatos—, que era tan importante como los partidos, ha prácticamente desaparecido o se ha debilitado al extremo. Esos espacios permitían a muchos trabajadores anarquistas, comunistas o socialistas experimentar un nuevo tipo de vida fuera de la alienación del trabajo. Yo no sé cómo se reconstruye comunidad; los evangélicos parecen haberlo entendido mejor.

"La izquierda se ve a menudo demasiado antigua, anclada en el pasado, melancólica, quizás con la paradójica excepción de Estados Unidos", dice Stefanoni.

–¿Es un laberinto con o sin salida?

–Contraponer identidad a clase puede contribuir al empantanamiento. Zohran Mamdani en Nueva York mostró que se pueden combinar ambas perspectivas. La cuestión de clase no debería llevarnos a pretender volver a una clase obrera que ya no existe, sino a articular la clase con demandas muy específicas como la vivienda o la salud pública. En las periferias de París la izquierda logró conectar con votantes de origen migrante y ganar en varios municipios de la antigua “periferia roja” con candidatos negros, lo que activó una ola de racismo en los medios de derecha. En este marco, los actuales debates sobre el regreso a la Ilustración, el socialismo moral, etc. están bien como discusiones, pero si la izquierda no se ancla en las necesidades vitales de los de abajo y no canaliza sus miedos, ansiedades y malestares, no creo que vaya muy lejos.

–¿Sos pesimista? ¿Hay esperanza?

–El problema es que frente a la impasse actual, algunos en la izquierda reactivan perspectivas neoestalinistas, como los participantes en la reciente cumbre Sovintern en Moscú, organizada por el partido filoputinista Rusia Justa. Otros miran a China entusiasmados con el “neomaoísmo” de Xi Jinping y el desarrollo económico chino. Es una versión del tradicional enamoramiento de una parte de la izquierda con regímenes autoritarios o totalitarios como contrapeso —en este caso muy discutible— de Estados Unidos. En América Latina conocemos bien ese paño.

En el libro hablo de la necesidad de actuar como socialistas sin complejos. Yo creo que el socialismo democrático, más una sensibilidad que una corriente partidaria, tiene una historia que reivindicar, incluso en el terreno de la libertad. Elementos fundamentales de la llamada democracia liberal —como el voto universal o la defensa de los derechos humanos— fueron banderas socialistas. Hoy la democracia liberal —como institucionalidad y como ideal—, al igual que los derechos sociales, está en crisis, y los socialistas tenemos —o deberíamos tener— algo que decir.

–Señalás que la derecha usa el “wokismo” para demonizar a las izquierdas e igualarlas con los progresismos para generar confusión. En ese sentido, ¿cómo leés el error táctico de Milei en su discurso en Davos en 2025 al confundir identidad de género con “izquierda”, cuando vos mismo das ejemplos en el libro de cómo existen derechas que integran estas agendas —como el homonacionalismo europeo— para desmentir esa idea de que, para sintetizar el concepto, “todos los putos son zurdos”.

–Yo creo que Milei fue víctima de sus obsesiones antiwoke y de su personalidad hiperbólica. Woke es un término difuso; en el libro analizo sus orígenes, ensayo algunas definiciones y muestro cómo es utilizado como arma de la guerra cultural de las extremas derechas, al tiempo que resulta un término incómodo para la izquierda. Yo creo que Milei no es personalmente homofóbico, pero fue a Davos a repetir el discurso de Agustín Laje, que es un antiprogresista bastante desquiciado y, al parecer, bien financiado a través de la Fundación Faro. Terminó así enredado, mezclando gays, “ideología de género” —otro comodín reaccionario— y pedofilia. En efecto, todo esto generó una de las primeras marchas masivas contra su gobierno y luego dejó de decir esas cosas. Hay cierta paradoja en todo esto: si las derechas sacan rédito del antiwokismo o antiprogresismo, no les es fácil revertir derechos concretos como el aborto o el matrimonio igualitario, aunque sí han debilitado las políticas de educación sexual. A veces hay más rechazo, de una parte de la sociedad, al discurso progre/woke —que puede verse como demasiado sobreactuado o sermonero— que a los derechos concretos de mujeres o gays.

–¿Cómo capitalizan esto las extremas derechas?

–Las extremas derechas han normalizado en gran medida la cuestión gay. Alice Weidel, la líder de Alternativa para Alemania (AfD), una derecha que incluye a filonazis, es lesbiana; Trump puede tener ministros gays. No hay que confundir a los gays con los colectivos LGBT, que suelen ser progresistas. Cada vez más, la paranoia de derecha se centra en lo trans. Por eso Weidel dijo, en una entrevista, que es gay pero no queer. Hay una disputa sobre qué es ser gay. Un gay de Vox decía en una ocasión: “Soy marica como yo quiero, no como los progres quieren que sea”. Además, la extrema derecha puede aparecer incluso como la defensora de los homosexuales frente a la supuesta islamización de Europa, tópico ultrapresente en la mencionada máquina de guerra ideológica.

No hay que confundir a los gays con los colectivos LGBT, que suelen ser progresistas. Cada vez más, la paranoia de derecha se centra en lo trans

–¿Qué lectura hacés del ataque feroz que Milei hizo recientemente contra el aborto**, atacando a la periodista Débora Plager y doblando la apuesta de su exposición en el Cardenal Copelo, cuando lo había definido como un** "asesinato agravado por el vínculo"y habló de los asesinos de los pañuelos verdes**?**

–No hay que dejar de lado la parte de farsa de todo esto. Efectivamente, Milei gritó hace poco en el programa del Gordo Dan que el aborto está provocando un genocidio en Argentina y que está reduciendo la población —ahora se volvió natalista—. Pero dejando de lado que eso que dijo es una burrada, a diferencia de José Antonio Kast, que tiene nueve hijos, o de Musk, que tiene aún más, Milei tiene cuatro o cinco “perrijes”, su hermana igual. No debe subestimarse la dimensión capusottiana del libertarismo argentino.

Milei gritó hace poco en el programa del Gordo Dan que el aborto está provocando un genocidio en Argentina y que está reduciendo la población —ahora se volvió natalista—. Pero dejando de lado que eso que dijo es una burrada, a diferencia de José Antonio Kast, que tiene nueve hijos, o de Musk, que tiene aún más, Milei tiene cuatro o cinco "perrijes", su hermana igual. No debe subestimarse la dimensión capusottiana del libertarismo argentino

–¿Creés que la crisis de representatividad del peronismo en los últimos años facilitó este trabajo de demonización de la derecha radical?

–Sin duda, la crisis del peronismo facilitó la llegada de Milei al poder. En 2021 en la Ciudad de Buenos Aires y en 2023 en la presidencial, el voto a Milei fue social y geográficamente transversal e incluyó a ex votantes peronistas. Luego, al “comerse” al PRO, su geografía electoral se volvió más parecida al antiperonismo, aunque lo sigue desbordando.

–¿Considerás que el peronismo perdió el “oído” para captar las nuevas estructuras emocionales y el resentimiento social?

–No sé si perdió definitivamente el oído; no seré yo quien mate al peronismo por enésima vez, pero es evidente que hoy el peronismo no encuentra ni el discurso ni los liderazgos para interpelar al mundo popular, y muchos peronistas le envidian a Milei esa conexión y, sobre todo, su audacia política.

De todos modos, no debe olvidarse que el crecimiento de las extremas derechas está muy asociado a la crisis de las centroderechas. El PRO, que parecía bien instalado y con una maquinaria engrasada, fue en parte absorbido y en parte marginalizado por Milei sin ninguna resistencia.

–Milei es un claro defensor de las políticas de Benjamin Netanyahu en Israel, en su alianza con Trump. ¿Qué opinás de la frase de Bifo Berardi sobre que solo semejantes víctimas (el pueblo judío en el Holocausto) pueden devenir en semejantes victimarios, como se ve en el genocidio en Gaza?

–Berardi escribió, en efecto, que los palestinos se volvieron una suerte de víctimas de las víctimas, un pueblo débil que no tenía nada que ver con el Holocausto pero que fue construido por Israel como los nuevos nazis: una suerte de compensación psíquica. Eso perdura hasta hoy.

–¿Cómo explicás que movimientos con raíces en el nacionalismo étnico y antisemitas hayan adoptado a Israel como su principal estandarte civilizatorio?

Yo coloco el acento en cómo, mediante el apoyo a Israel, un gran sector de la extrema derecha se sacudió la mancha perenne del antisemitismo, lo que cambia las coordenadas políticas de la posguerra. Y no solo se quitan ellos la mancha, sino que le atribuyen el antisemitismo a la izquierda. La extrema derecha comparte con Israel la construcción de los árabes como enemigos —en el caso de Europa, como enemigos internos, ya que incluso los ciudadanos con ese origen serían potencialmente peligrosos—. A veces, las imágenes que se construyen sobre ellos replican las de los viejos antisemitas. Todo esto no quita, sin embargo, que los hipersionistas de derecha convivan con antisemitas de toda la vida, a veces incluso mezclados. Hay un posteo en Facebook muy significativo de Yair Netanyahu, el hijo mayor de Benjamin Netanyahu, de agosto de 2017, en el contexto de los disturbios de Charlottesville, en el que dijo que la izquierda —movimiento Antifa y Black Lives Matter—es hoy más peligrosa que los neonazis.

Yo coloco el acento en cómo, mediante el apoyo a Israel, un gran sector de la extrema derecha se sacudió la mancha perenne del antisemitismo, lo que cambia las coordenadas políticas de la posguerra

En mi libro trato de mostrar también cómo las torsiones en la memoria del Holocausto pueden llevar, en el caso alemán, a apoyar masacres como la de Gaza, y cómo Israel manipula y banaliza las imágenes de la Shoá para aventar permanentemente el fantasma de la aniquilación. Mientras se invoca el supuesto carácter genocida del eslogan “Palestina, del río hasta el mar”, es Israel el que comete de hecho ese genocidio para llevar su territorio precisamente desde el río hasta el mar. La derecha israelí dice cosas irrepetibles en cualquier país occidental en favor de la limpieza étnica y el supremacismo, con total impunidad.

–¿Es un caso único o encontrás puntos en común con otras masacres?

–Sin duda, hay muchos regímenes que masacraron y siguen masacrando a otros pueblos —o al suyo propio—, pero no me viene a la mente ningún país que pueda hacer alarde de su gigantesco poderío militar y presentarse al mismo tiempo al borde de la aniquilación, en una victimización sostenida con un cinismo impresionante. Si realmente hoy hay una política de la cancelación, es la instrumentalización del antisemitismo para ahogar las críticas a Israel. Pero esto está generando reacciones en la propia comunidad judía.

–¿Podrías dar algún ejemplo de esta resistencia?

–Destaco el movimiento entre jóvenes judíos estadounidenses que se están rebelando contra los mandatos de las instituciones oficiales judías, que actúan como meras propagandistas y lobistas. Es un fenómeno muy amplio. Algunos incluso buscan en experiencias históricas como el Bund —el partido socialista judío del Imperio ruso— elementos para reconstruir una identidad judía progresista que se ha venido debilitando en las últimas décadas.

–Al citar a figuras como Elon Musk o Curtis Yarvin, ¿creés que el “tecnoutopismo” representa una amenaza mayor para la democracia que el populismo tradicional, al buscar reemplazar la política por la gestión técnica de magnates?

–No sé si mayor, pero sí creo que hay ahí una amenaza. Son tecno-oligarcas que quieren cambiar el mundo y al género humano, y tienen el dinero para financiar sus propias obsesiones —transhumanismo, conquista del espacio, etc.—. En varios casos, como el de Peter Thiel, que ahora anda por Argentina, son libertarios que odian la democracia. La articulación de sus tecnologías con el poder estatal puede dar lugar a formas de control totalitario inéditas en la historia —basta mirar un poco a China—. Pueden además transformar la guerra, como ya se ve con el uso de la IA, con consecuencias morales pero también prácticas en términos de destrucción material y humana cada vez más autónoma. La política aparece como cómplice o impotente frente al poder de estos tipos, lo cual no deja de ser inquietante.

–En Un fantasma…Partís de Milei y volvés a Milei, que se define como anarcocapitalista pero gobierna un Estado-nación. ¿Cómo convive esa utopía de “libertad sin democracia” con las necesidades reales de gestión? ¿Lo ves como un “genio” que está redefiniendo el éxito o como un loco cuyo experimento encierra el germen de su propia destrucción?

–El resultado de la experiencia mileísta es imposible de anticipar. Lo que es claro es que su anarcocapitalismo no está muy digerido; es una filosofía de charla TED que repite en los foros globales. Los economistas austriacos eran cultos, desarrollaban sus razonamientos, polemizaban con sus adversarios —no salían a gritar que Keynes o Marx eran unos hijos de puta—. El carácter de Milei parece difícil de conciliar con razonamientos filosóficos. Luego, a su lado, está Karina, que no pierde el sueño leyendo a Murray Rothbard ni los debates entre Oskar Lange y Mises sobre el cálculo económico, y usa y abusa del Estado para construir el partido y reproducirse en el poder con ayuda de los Menems o los Parejas. Pero el propio Milei ha dejado de lado sus proclamas libertarias anti-Banco Central, puso a Luis Caputo como ministro de Economía —a quien antes consideraba responsable de haberse fumado 15.000 millones de dólares de las reservas— y elogia la mano dura cuando antes hablaba de las fuerzas represivas del Estado. Rothbard era consecuente con sus ideas; por eso siempre fue marginal. Milei cree que es un topo que viene a destruir el Estado, pero viene haciendo lo que haría cualquier neoliberal: usar al Estado para moldear una sociedad de mercado. En este caso, rodeado de todo tipo de oportunistas y lumpenempresarios que buscan sacar partido de esto mientras dure. Milei iba a cerrar Paka Paka pero después metieron el enlatado de los mellizos anticomunistas, los Tuttle Twins —que de todos modos no creo que ningún niño vea—. A los libertarios no les molesta el adoctrinamiento; les molesta no adoctrinar ellos. Aun así, Milei es una figura compleja, con ansias de profeta, que mezcla de manera bastante caótica principios ideológicos intransigentes con un pragmatismo politiquero tercerizado en su hermana o en Santiago Caputo.

GS/MG

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