En compañía de lobos y lobisones
En su actual programación -como de costumbre, con exigente filtro de calidad- el cine Cosmos mantiene en cartel Los lobos, insólito film francés donde el cine se cruza con el teatro, la pintura, la música, la psiquiatría blanda. Y también con la leyenda de la Bestia de Gévaudan, ese gran lobo feroz que asoló la región de Occitania en el siglo XVIII.
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Sería realmente oportuno que al público que asiste a las funciones de Los lobos , la película dirigida por Isabelle Prim , se le entregara previamente una hojita fotocopiada con algunos datos relativos a esta sorprendente producción, para ayudar así a su mejor comprensión. Porque la extrema singularidad del tratamiento formal de una temática, poco conocida localmente, que ensambla dos historias en sendos espacios temporales separados por dos siglos, merecería ese aporte.
Veamos si no: el film arranca con un prólogo que ofrece una escena ostensiblemente teatral en la corte de Luis XV, donde se exhibe El Pato de Vaucason (Le Canard Digérateur o Défécateur), dado a conocer en 1739, que devino símbolo de racionalismo en el Siglo de las Luces. Hoy considerado primera mascota robótica de la historia, que fuera presentado en Versalles en 1744. Asimismo, es exhibido en la corte, hacia fines del XVIII, el presunto cuerpo disecado de la Bestia de Gévaudan, ese gran lobo que había asolado una zona de Francia, cercana al castillo de Saint-Alban. Allí, en esa increíble fortaleza medieval, se instaló en 1824 un centro para enfermos mentales que se mantuvo en el tiempo hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX (hoy ese edificio alberga una oficina de turismo y salas de exposiciones).
Isabelle Prim
Ablandando la psiquiatría
En 1940, se produjo un cambio muy favorable para las personas internadas en Saint-Alban que sufrían lamentables condiciones de hambre, higiene y encierro carente de toda actividad. Ingresa el doctor Paul Belvet y se suma Lucien Bonnafé , también psiquiatra, militante antifascista que a su vez le abrió las puertas a su colega catalán, Francesc Tosquelles, condenado a muerte por la dictadura franquista luego de finalizada la Guerra Civil. Uno de los fundadores de la terapia institucional, Tosquelles, marxista republicano muy crítico del estalinismo, llevó a cabo muy joven experiencias de vanguardia en el campo terapéutico vinculando el tratamiento clínico con las artes y la vida social, dándoles dignidad y estímulos a los pacientes. En el château , entonces, empezaron a convivir internos (que FT prefería llamar pensionistas), enfermeras, monjas, psiquiatras, otros trabajadores, amén de refugiados judíos, ciudadanos resistentes durante la Ocupación nazi, artistas perseguidos.
La Bestia de Gévaudan. Grabado del siglo XVIII
Así es que en su film Los lobos , Isabelle Prim rinde estilizado tributo a Francesc Tosquelles, con esos personajes enfermos mentales puestos a dibujar, escribir, hacer teatro, tener vínculos entre sí, siendo cuidados por enfermeras y monjas serenas y benevolentes que alejan el miedo histórico a la locura. En el film, la psicoanalista feminista y ensayista Silvia Lippi hace de ella misma, dando a la vez una versión paralela de Tosquelles: alienta a una interna, Thérèse, sumida en la tristeza; aplaude con entusiasmo la obra teatral que crean y actúan los pacientes en torno a la Bestia de Gévaudan. Y como Lippi tiene acendrada pasión por el tap, se manda un impecable numerito a solas, sobre un estrado.
Además de las libertades visuales y sonoras que se permite –paisajes pintados cuando se abre una ventana, una gran luna llena digital alusiva al hombre lobo, una rama usada como escopeta que suena como tal…–, Isabelle Prim (acreditada autora de cortos, mediometrajes y largos), en este su primer estreno en salas revela su maestría para dirigir a sus actrices y actores, logrando que transmitan ese punto de alienación que prueba, como dice el refrán, que en su inocencia y su ausencia de filtros, solo los niños y los locos dicen la verdad.
Lon Chaney Jr. y Evelyn Ankers, El Hombre Lobo (1941)
El can salvaje más temido, en el teatro y las pantallas
En 2012 se estrenó en el Teatro Payró una nueva versión del mito del hombre que se vuelve lobo en noches de luna llena, en la variante criolla: el lobisón, en este caso, de Traslasierra (Córdoba), zona cercana al noroeste argentino donde la creencia respecto del séptimo hijo varón ha prendido fuerte: para no volverse lobisón, se acostumbraba que el presidente lo apadrinara. En esta oportunidad escénica, la única pasajera de un ómnibus declara ante un policía y el conductor que fue abusada por un hombre lobo. Una historia firmada por Gilda Bona y Hugo Ramos, con final abierto que transcurre en un espacio difuso entre el sueño y la vigilia. Un tratamiento bien distinto de la leyenda local fue el que empleó Julio Molina en su poético texto teatral Madre de lobo entrerriano , estrenado en 2005 en el Rojas, donde una mujer alardea desafiante de haber tenido amores con “el más hermoso lobo jamás visto”, y es reivindicada por su hijo alobado.
Obra de teatro, 2012, de Gilda Bona y Hugo Ramos
Reiteradamente –con diversos enfoques– tratado por el cine, el personaje del hombre lobo, aún antes de la icónica encarnación de Lon Chaney jr. (1941) hasta recientes muestras como Wolf Man (2025, de Leigh Whannell), este mito universal encuentra una de sus referencias lejanas en la mitología griega, con el rey Licaón, de Arcadia, intentando engañar al mismísimo Zeus, que lo castigó convirtiéndolo en lobo o licántropo. En la literatura y en la pantalla, este asunto del desdoblamiento -generalmente- de varones que de este modo dejan aflorar su lado salvaje, violento, transgresor, se emparienta muy de cerca con la novela de Robert Louis Stevenson, El extraño caso del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde , también adaptada al cine, aunque con menor frecuencia.
En cuanto a lobisones fílmicos, inevitable es nombrar a Nazareno Cruz y el Lobo (1975), estimable, aunque quizás no entre lo mejor de la obra de Leonardo Favio, con Juan José Camero y un maravillosamente diabólico Alfredo Alcón. Visitante en varias series extranjeras de corte fantástico, en 2012, el hombre lobo intentó tener su telenovela argentina, titulada precisamenteLobo , con Gonzalo Heredia, por El Trece. Pero no le fue bien y tuvo que levantar campamento antes de lo previsto. Mejor resultó unos años antes Jack Nicholson con otro Lobo (1994), también contemporáneo pero neoyorkino: editor mordido en la carretera por un animal que empieza a experimentar transformaciones en su cuerpo, su conducta, su olfato. Bajo la experta dirección de Mike Nichols.
Jack Nicholson Michelle Pfeiffer en Wolf.
Caperucitas emancipadas
El vampirismo, otro mito básico del género fantástico igualmente relacionado con el inagotable tema del doble, siempre ha tenido más prestigio y glamour que la licantropía, esa metáfora de la animalidad reprimida de los humanos. El lobo, único cánido no domesticado, es un bicho mal mirado a través de la historia. Tan carnívoro como ciertos felinos mayores melenudos a los que se les adjudica títulos de nobleza. Ni cruces ni ajos detienen al hombre lobo en noches de plenilunio, sino balas de plata, preferentemente benditas en tierras cristianas.
Por cierto, el licántropo no tiene en literatura un equivalente de Drácula , la magistral novela vampírica de Bram Stoker, aunque sí ha inspirado relatos escritos que versionaron y reversionaron la figura del hombre lobo. Sin embargo, en la segunda mitad del XX y en este XXI, varias escritoras se pusieron a reescribir Caperucita roja , el superclásico recogido por Perrault y suavizado por los Hermanos Grimm, cuyo origen se pierde en lontananza y cuya moraleja enseñaba a las niñas a ser obedientes y no hablar con extraños ni desviarse del camino correcto.
Imagen tomada del Facebook de Isabelle Prim
Pues bien, entre otras mujeres de letras, dos autoras de la talla de Angela Carter y Carmen Martín Gaite vinieron a subvertir ese mensaje. En uno de los cuentos incluidos en el libroLa cámara sangrienta, En compañía de lobos -llevado al cine exitosamente por Neil Jordan en 1984-, la británica Carter propone una audaz negociación de la joven Cape con un lobo humanizado, donde ella pone sus condiciones y la pasa muy bien.
Caperucita y el Lobo, grabado de Gustave Doré, 1862
En Caperucita en Manhattan , la española Gaite narra las peripecias de Sara, una niña de 10 años que vive en Brooklyn y, junto con su mamá, visita cada semana a su abuela en la Gran Manzana. El día que padre y madre deben viajar, la chica se anima a hacer el trayecto por su cuenta, afrontando los peligros del bosque, es decir, atravesando la isla. Se encuentra con su encantadora y coqueta abuela Rebecca, exestrella de Broadway, menos hacendosa y tradicional que su hija. A R la visita un inofensivo señor Woolf, que solo quiere conseguir la receta de la torta de frutillas que ha llevado la niña. Efectivamente, una novela de aprendizaje y crecimiento. Desde luego, ninguna de estas dos Caperucitas confundiría nunca a sus respectivas abuelas con un lobo travestido, de camisón y cofia.
Además de Los lobos , en las dos salas del cine Cosmos_se proyectan_ El conformista (Bernardo Bertolucci),__El imperio de los sentidos_ _(Nagisha Oshima),Valor sentimental (Joachim Trier) y Las catadoras del Führer (Silvio Soldini). Se miércoles a viernes, a partir de las 14,30
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