Hantavirus
Si en el MV Hondius no hubieran tenido un brote de Hantavirus, se habría recibido a los turistas como a Mister Marshall en la película de Berlanga. Se habrían desvivido para que compraran en sus tiendas, comieran en sus restaurantes e hicieran toda clase de experiencias únicas de las que las Islas Canarias pueden ofrecer
Pero el azar es caprichoso. Solo hizo falta un virus para que esos privilegiados; esa gente rica, guapa, que se iba a recibir con los brazos y las carteras abiertas se convirtieran en unos apestados.
No se les quiere cerca. Que se queden en Cabo Verde o, viendo que nos obligan los compromisos internacionales, que el barco no atraque en puerto. Recuerda casi a los chistes de mal gusto que se hacía en la época de la epidemia del SIDA donde decían que trataban a su familiar infectado con mucho amor y tranchetes, porque los tranchetes era lo único que cabía por debajo de la puerta.
Pero con todo el ruido, supongo que nadie va a ver esto... Lo fácil que es pasar de ser un privilegiado, alguien a quien el sistema ama y favorece a ser un paria, alguien indeseable ante cuya presencia todas las puertas se cierran o las miradas se tornan en asco o disgusto.
Vivimos en una época de pánicos morales. No porque sean reales, sino porque el miedo es libre e irracional y se propaga como el fuego en un gavillar. Lo único que nos separa de tener que estar luchando por tener que reclamar nuestra humanidad es que a alguien se le ocurra que nuestra existencia supone un peligro, un perjuicio para la de otros.
Me gustaría que alguien hiciera esta reflexión y se hiciera solidario aunque fuese de manera altruista, aunque fuese porque creyese que ver a los demás como personas puede hacer más difícil que le vean a él mismo como no persona... Pero sé que no va a pasar
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