Mano a mano con Iliana Calabró: entre el regreso a la TV y su rol como sostén de una familia entera
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June 5, 2026
Cinco días después de cumplir 60 años, la casa de Iliana Calabró todavía parece estar de festejo. Hay ramos de flores por todas partes. En el living, sobre la mesa del comedor, en los rincones menos pensados. Incluso en el baño de recepción. Los colores se mezclan con recuerdos y una energía que transmite exactamente lo mismo que ella: movimiento. El teléfono no deja de sonar durante los casi 50 minutos que dura la entrevista. Mensajes de amigos, colegas, familiares. Su tío le escribe varias veces; algunas amigas le confirman presencia a su festejo (que será el sábado 6). Iliana responde a todos. Pero no lo hace de manera automática. Se detiene, pregunta, aconseja, recuerda un estudio médico pendiente, se interesa por un problema puntual, celebra logros. Escucha. La escena resume bastante bien quién es. A pocos días de debutar con "Iluminadas", el programa que marcará su regreso a la conducción en televisión abierta después de cinco años, Calabró atraviesa uno de los momentos más plenos de su vida. Acaba de convertirse en abuela de Bento, mantiene una intensa actividad laboral entre la televisión y el teatro, con "Viudas e hijas", está en pareja con Luis desde hace tres años y celebra haber llegado a los 60 rodeada de afectos. Sin embargo, detrás de la sonrisa permanente aparece otra historia. La de una mujer acostumbrada a sostener. A su madre, Coca. A su hermana, Marina. A sus hijos, Nicolás y Stéfano. A sus amigos. A quien necesite una mano. "Soy medio mamita", admitirá más adelante. No parece una definición exagerada. El multitasking emocional podría ser una especialidad olímpica si existiera. Y probablemente Iliana ganaría una medalla. — ¿Cómo te encuentra este cambio de década? — Espectacular. Yo empecé a palpitar este cambio con el abuelazgo, que es algo maravilloso para mí. Pase lo que pase, llega una foto, una imagen, un video, una noticia de Bento, que tiene seis meses, es una inyección de alegría al corazón. — ¿Sentís que tu nieto marcó un antes y un después? — Totalmente. Fue el disparador de una nueva etapa. Y también una experiencia muy movilizante porque Bento nació prematuro, en Brasil. Yo sentía que algo podía pasar. De hecho, me habían ofrecido trabajos para el verano y dije que no. Había algo adentro mío que me decía que tenía que estar disponible. Cuando su nuera quedó internada, Iliana no dudó. Se tomó un avión y viajó a Bahía para acompañar a Nicolás, su primer hijo. Mientras habla de esos días, vuelve inevitablemente a otro momento de su vida: el nacimiento de su primogénito, que también llegó antes de tiempo: "Nicolás nació de siete meses. Me acuerdo que fui a hacerme un estudio y cuando terminó el médico me dijo: ‘Usted no entendió. Se tiene que ir a su casa ahora mismo. Yo le decía que tenía que ir a grabar y me respondió: ‘No. Si no se va a su casa, la dejo internada’. Me hicieron reposo, me maduraron el embarazo durante un fin de semana y nació el lunes. Entonces, cuando me llamaron desde Brasil para decirme que mi nuera iba a quedar internada, sentí que tenía que estar ahí". — ¿Y cómo fue conocer a Bento? — Muy fuerte, pero yo estoy preparada para la adversidad. Estuve casi un mes sin poder verlo porque estaba en neonatología. Iba todos los días a hacerles el aguante a los chicos. Hasta que una enfermera supo que tenía que volver a cuidar a mi madre, me dejó entrar y cargarlo. Pesaba apenas un kilo. Cuando lo tuve en brazos fue una emoción enorme. Y me pasó algo rarísimo: a veces lo miraba y le decía por el nombre de mi hijo, su papá. Era como volver a mi última maternidad. — Decís algo interesante: que la vida te prepara para ciertas cosas. — Sí. Me pasa mucho. Viene difícil, pero después hay algo que me acomoda las piezas. No sé qué es. Mi viejo, desde arriba, debe estar rompiendo bastante las bo… (Risas). Le debe hacer la cabeza a Cristo para cuidarnos. Pero siento que siempre aparece algo que me ayuda a seguir. — Sin embargo, da la sensación de que nada te llegó servido. — No. Nunca. Siempre tuve que remar. Nací con un remo. Me han dado hasta premios al remo (Ríe). Las cosas me costaron. En el trabajo, en la maternidad, en la vida. Perdí dos embarazos después de mi primer hijo, me costó volver a intentarlo, me costó que llegara mi segundo hijo. Y eso también te forma. Supongo que a todos nos pasa. Uno no sabe todo lo que tuvo que atravesar el otro para llegar a donde llegó. — Hoy se habla mucho de los llamados "nepo babies", hijos de famosos que tienen el camino allanado. — No sería mi caso, para nada. Mi papá me decía que podía transmitirme cosas, abrirme puertas, pero yo quería prepararme. Por eso estudié arte dramático. Nunca sentí que las cosas me llegaran fáciles. Al contrario. Siempre tuve que demostrar. — ¿Te pesó ser "la hija de Calabró"? — No me pesó, pero sí sabía que tenía que estar preparada. Porque siempre existe la comparación. Quería tener herramientas propias y construir mi camino. — Hay algo que aparece mucho cuando hablás de tu familia: tu rol de sostén. — Sí, soy bastante mamita. Con mi mamá, con mis hijos, con mis amigos. Siempre fui así. — Incluso con Marina, tu hermana. —(Ríe). Sí. Cuando era chica la ayudaba con los deberes, le tomaba pruebas. Después, cuando mi mamá tuvo un accidente muy grave que la tuvo un año prácticamente inmovilizada, muchas veces me tocó ocupar su rol con Marina. Me salió bastante bien… Nos llevamos siete años. Y cuando había que dar la cara por algo en el colegio, por ejemplo, iba yo, no mis padres. Siempre fui así. Una vez, cuando yo estaba en el secundario y Marina en el primario, por sus excelentes notas le tocaba ser abanderada. Y un día llegó molesta porque le querían dar ese lugar a una compañera que había sufrido una pérdida. Salí corriendo a hablar con directora y le dije: "¿Qué le digo a la chica ahora? ¿Que no hace falta estudiar para ser abanderada?". Y lo logré. Marina logró tener su lugar. — ¿Y con tu mamá también sos así? — Mi mamá, a veces, me dice "mami". Imaginate. Le digo: "Coca, soy tu hija". Pero sí, la cuido mucho. Trato de estimularla, de que se mueva, de que siga activa. Siempre fui muy de estar pendiente. — ¿Y vos sos de pedir ayuda? — Me cuesta. Estoy acostumbrada a ser la dadora. A veces también necesito que estén para mí. Hay gente que se da cuenta sola y hay gente a la que hay que decírselo. Todavía me cuesta. — ¿Esa forma de ser también se traslada al trabajo? — Sí. Me gusta que todos brillen. Me gusta observar, ver si alguien está mal, si necesita algo. Creo mucho en los equipos. Para que una cadena funcione, todos los eslabones tienen que estar bien. — Eso te va a servir mucho ahora en "Iluminadas", son un equipo de 11 mujeres. — Sí. Me entusiasma mucho. Quiero conocer bien a cada una de las que participarán, saber qué puede aportar cada una desde su especialidad. Me gusta generar un clima lindo de trabajo. Si sale todo bien, eso va a traspasar la pantalla. Quiero que los televidentes que la estén pasando mal momento encuentren compañía. Todos atravesamos cosas difíciles y a veces escuchar experiencias ajenas ayuda. — También vivís un gran momento personal. — Sí, y estoy con Luis hace 3 años. Muy bien, convivendo. — ¿Fue un amor inesperado? — Él insistió bastante. Y yo estaba tan bien sola que pensaba: "¿Para qué me voy a complicar?". Pero apareció y acá estamos. Soy de las que cree en el amor con respeto, con confianza, entendiendo los tiempos del otro. Si uno no se entrega, no funciona. La conversación deriva naturalmente hacia otro de los grandes amores de su vida: sus hijos. A diferencia de otras madres que viven la distancia como una herida abierta, Iliana parece haber encontrado un equilibrio difícil de alcanzar. Nicolás, licenciado en Turismo, vive en Brasil junto a su esposa y su hijo. Stéfano, arquitecto, construyó su vida en el sur argentino con su novia. Ambos eligieron caminos propios y lejos de Buenos Aires. Ella los extraña, claro, pero nunca intentó retenerlos. — ¿Te costó aceptar que cada uno armara su vida lejos? — No. Porque uno los cría para eso. Obviamente los extraño, pero tienen que hacer su camino. — ¿Son unidos? — Muchísimo. Hablamos todos los días. Todos los días me llaman. Varias veces. Y cuando pasa más tiempo del habitual ya me llama la atención. Pienso: "¿Cuándo me llamó por última vez?". Porque estamos muy conectados. Saben que estoy incondicional. Pero también ellos están para mí. Uno es como actúa. Y ellos son conmigo como yo soy con ellos. — Después de todo lo que viviste, ¿qué te enseñaron estos 60 años? — Que hay que seguir adelante. Que uno tiene que trabajar, prepararse y confiar. A veces las cosas no llegan cuando uno quiere, pero llegan cuando tienen que llegar. Y mientras tanto, hay que seguir remando.
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